Miércoles, 21 de Enero del 2026

SITUACIÓN EN SIRIA   CAMBIO DE RÉGIMEN Y SUS CONSECUENCIAS

SITUACIÓN EN SIRIA CAMBIO DE RÉGIMEN Y SUS CONSECUENCIAS

Introducción 

La caída de la familia Al-Ásad, la cuál gobernó Siria ininterrumpidamente por 54 años, sacudió el tablero geopolítico en medio oriente. En noviembre de 2024, una ofensiva del HTS (Hayat Tahrir al-Sham) puso fin al régimen de Bashar Al-Ásad en apenas 10 días. Esta organización yihadista fundada en 2017 era un jugador más de la Guerra Civil Siria, atrincherado en la Gobernación de Idlib, en el noroeste del país, pero posicionándose como el actor más poderoso de la oposición siria durante los últimos 8 años.  

El 8 de diciembre de 2024 se concretó el derrocamiento de Bashar al-Ásad, quien se exilió en Rusia. En su lugar, el líder de Hayat Tahrir al-Sham (HTS), Al-Jolani, fue designado inicialmente como dirigente provisional y posteriormente asumió la presidencia de la República Árabe Siria1, iniciando un ciclo de reformas tanto en el ámbito interno como en la política exterior del país. Este giro marca una transformación profunda en el entramado de alianzas en una región históricamente convulsionada, lo que vuelve indispensable analizar los movimientos y estrategias adoptados por Al-Jolani en este nuevo escenario. 

El régimen de Al-Ásad se sustentó históricamente en el baazismo2, una ideología panarabista y antiimperialista que tuvo amplia resonancia en otros países de la región, como Irak. Este perfil ideológico favoreció un estrecho vínculo con la Unión Soviética y posteriormente con Rusia, posicionando a Siria como un actor opuesto tanto en lo ideológico como en lo político a la influencia estadounidense e israelí en Medio Oriente. Asimismo, la pertenencia de la familia Al-Ásad a la comunidad alauita, una rama del chiismo, consolidó la alianza con Irán, principal referente de esta corriente religiosa. 

Este escenario marca un giro de 180 grados en la orientación geopolítica de Siria, evidenciando una notable apertura del nuevo gobierno hacia países históricamente considerados enemigos. Al-Jolani ha impulsado un proceso de reconciliación con actores de la esfera occidental, como Estados Unidos, Israel y varias potencias europeas, al tiempo que redefine los vínculos con actores regionales como Turquía, Líbano y los estados de la península arábiga. No obstante, este reordenamiento no implica una ruptura con los antiguos aliados del régimen de Al-Ásad, sino más bien una estrategia de política exterior basada en el pragmatismo, que busca priorizar los intereses nacionales sirios y establecer relaciones mutuamente beneficiosas con todos los actores relevantes del sistema internacional. Establecidas estas premisas, es pertinente explorar cómo redefinió Al-Golani las alianzas internacionales de Siria tras el derrocamiento de Al-Ásad 

 

Marco Teórico 

Con el propósito de ofrecer un marco teórico al análisis del conflicto sirio, resulta pertinente introducir el concepto de conflictos híbridos, desarrollado por diversos autores, pero abordado aquí principalmente desde la perspectiva de Bartolomé (2019). En su trabajo, el autor recopila y contrasta distintas definiciones sobre esta temática, aportando matices que enriquecen una noción relativamente reciente y en constante evolución. Un ejemplo ilustrativo es el aporte de Liogier (2017), quien caracteriza como híbridos a aquellos conflictos que se manifiestan en múltiples niveles geográficos, desde el ámbito local hasta el global. Este autor incluso menciona explícitamente al caso sirio como un conflicto híbrido, al describirlo como “calificado de glocal por incluir entre sus principales elementos las pujas entre clanes tradicionales; las cuestiones petroleras; una lógica revolucionaria anti-Assad; elementos salafistas procedentes de Occidente; rivalidades históricas entre sunnitas y chiítas, y yihadismo global” (Bartolomé, 2019, p. 11). 

Otro aporte interesante al respecto es la definición de Schnaufer (2017), quién define al conflicto híbrido cuando al menos uno de los contendientes combina operaciones convencionales, guerra irregular, acciones terroristas y vínculos con el crimen organizado. Por último, un matiz agregado de los conflictos híbridos en la modernidad son el hecho de que incorporan dimensiones comunicacionales, mediáticas y cibernéticas, donde la manipulación informativa y los ataques virtuales se convierten en armas decisivas.  

Estas últimas dos definiciones se ajustan plenamente al accionar del Estado Islámico durante la Guerra Civil Siria, al reflejar su carácter híbrido tanto en el plano material como en el simbólico. Por un lado, la organización incorporó prácticas propias del crimen organizado, financiando parte de su estructura mediante la venta ilegal de antigüedades y bienes arqueológicos de alto valor histórico pertenecientes a Siria e Irak3. Por otro lado, desplegó una estrategia cibernética y comunicacional de gran alcance, utilizando internet y las redes sociales para difundir ejecuciones de civiles, periodistas y prisioneros de guerra4. Estas acciones, además de constituir un mecanismo de propaganda, tuvieron un fuerte impacto psicológico y emocional, al infundir miedo en la población y alterar la percepción de los actores implicados en el conflicto. 

En las conclusiones, el autor enfatiza sobre el rol protagónico de los Estados en los conflictos híbridos: “También se concluye que la mera idea de conflictos híbridos, lejos de permanecer estática y refractaria al cambio, ha experimentado un importante salto cualitativo, cuyo dato central es su ejercicio por parte de actores estatales. En esos casos, la multimodalidad continúa vigente, aunque su sentido cambia. Mientras en las concepciones iniciales la novedad radicó en la incorporación de formas de combate tradicionales por actores asociados apriorísticamente con conductas asimétricas, en este segundo caso se asiste a lo contrario.” (Bartolomé, 2019, p. 19). Esta interpretación resulta pertinente para el caso sirio, donde el Estado desempeñó un rol central dentro de la lógica del conflicto híbrido. En línea con lo planteado por Bartolomé, el régimen de Bashar al-Ásad combinó tácticas militares convencionales con estrategias no militares, como la propaganda estatal, la manipulación informativa y la cooperación con potencias extranjeras5. De este modo, Siria representa la evolución conceptual que plantea el autor, en la cual los Estados asumen un protagonismo decisivo en la configuración de conflictos multidimensionales. 

Otro marco conceptual acertado para analizar el conflicto sirio son los distintos niveles de análisis que fueron brevemente mencionados en el apartado anterior. Según Mingst (2017), el análisis de las relaciones internacionales puede abordarse desde tres niveles: el individual, el estatal y el sistémico, cada uno de los cuales permite identificar diferentes factores explicativos del comportamiento de los actores internacionales. Siguiendo en esta misma lógica, Buzan, Wæver y de Wilde (1998) amplían los niveles de análisis tradicionales al incluir los niveles subnacional y regional, argumentando que los procesos de seguridad y conflicto no se limitan al ámbito interestatal, sino que también se desarrollan dentro de los Estados y entre agrupaciones regionales. 

Cada uno de estos niveles será retomado en el análisis posterior del caso sirio, poniendo un especial énfasis en los niveles individual y subnacional para abordar la dimensión interna del conflicto y las particularidades del liderazgo de Al-Golani. Los niveles estatal, regional e internacional, por su parte, permitirán examinar de manera multifacética la inserción de Siria en el sistema internacional tras la llegada de Al-Golani al poder, explorando las nuevas dinámicas bilaterales, las relaciones con actores vecinos como Turquía e Israel, y la apertura hacia potencias que históricamente se habían posicionado como adversarias del Estado sirio. 

Diferenciar estos niveles es fundamental para evitar lecturas reduccionistas del conflicto sirio. Un enfoque exclusivamente militar o ideológico no alcanza para explicar la persistencia y transformación de la guerra. Analizarlo desde los cinco niveles permite entender cómo las decisiones individuales, las dinámicas sociales internas, las estrategias estatales, las rivalidades regionales y las tensiones globales se superponen y retroalimentan. En definitiva, esta mirada multifacética revela que la guerra siria no puede comprenderse únicamente como una guerra civil o un enfrentamiento internacional, sino como un conflicto híbrido y multidimensional, expresión propia de las nuevas formas de conflictos en el siglo XXI. Como bien explica Mary Kaldor (2012), estas “nuevas guerras” se caracterizan por la participación de actores no estatales, la difusión de identidades étnicas o religiosas como motores del conflicto y el financiamiento a través de economías ilícitas o transnacionales, combinando dimensiones políticas, criminales y comunicacionales y evidenciando la creciente interconexión entre lo local y lo global en los escenarios bélicos modernos. 

 

Contexto y antecedentes 

Antes de adentrarnos en el gobierno de Al-Golani, resulta pertinente repasar cómo era la Siria de Bashar al-Ásad, cómo se produjo su progresiva caída y cuáles eran las relaciones que mantenía con distintos países. Este panorama permitirá comprender con mayor claridad las transformaciones impulsadas posteriormente por Al-Golani. 

El sistema político que heredó Bashar al-Ásad no fue una creación propia, sino el resultado de un largo proceso de concentración de poder iniciado por su padre, Hafez al-Ásad, quien gobernó Siria entre 1971 y 2000. Hafez llegó al poder tras el denominado Movimiento Correctivo de 1970, un golpe dentro del Partido Baaz que puso fin a una década de inestabilidad marcada por sucesivos golpes militares. Desde entonces, construyó un régimen altamente centralizado, sustentado en las Fuerzas Armadas, los servicios de inteligencia y una red de lealtades personales que garantizaron su permanencia en el poder durante tres décadas. 

Durante su gobierno, la comunidad alauita recibió cargos superiores dentro del aparato estatal y, al mismo tiempo, se produjo una notable militarización de este grupo, teniendo en cuenta que se trataba de una minoría dentro de la sociedad siria. Asimismo, la Constitución de 1973 contribuyó de manera decisiva a la concentración del poder en manos del presidente, herramienta que posteriormente también sería utilizada por su hijo para profundizar el carácter autoritario del régimen. 

En términos de política exterior, Hafez al-Ásad estuvo siempre alineado con la Unión Soviética, recibiendo no solo apoyo diplomático sino también militar, económico y logístico. Esto posicionó a Siria como un punto anti israelí y anti estadounidense en Medio Oriente, lo cuál en guerra Fría era algo muy importante para la geopolítica mundial. Además, cabe resaltar la Guerra de Yom Kipur de 1973, siguiendo esta línea antiisraelí, como también la intervención en la Guerra Civil del Líbano y el alineamiento con Irán luego de la revolución islámica de 1979.  

Esta orientación estratégica definida durante el gobierno de Hafez al-Ásad no se agotó con su muerte, sino que constituyó el marco de referencia desde el cual Bashar al-Ásad asumió el poder en el año 2000. Lejos de representar una ruptura en materia de política exterior, la sucesión implicó una clara continuidad en los principales alineamientos regionales e internacionales del Estado sirio: la postura antiisraelí, el distanciamiento de Estados Unidos y la centralidad de las alianzas con actores como Irán y, posteriormente, Rusia. De este modo, Bashar heredó no sólo un aparato estatal altamente centralizado, sino también una inserción internacional definida por la lógica de confrontación y resistencia que había caracterizado al régimen desde la Guerra Fría. 

Cuando Bashar al-Ásad asumió la presidencia en el año 2000, existían expectativas de una apertura política y económica respecto del rígido régimen de su padre, quien había gobernado durante tres décadas. Sin embargo, esas esperanzas se desvanecieron rápidamente. Bashar consolidó su poder apoyado en la ya mencionada Constitución de 1973, que otorgaba amplias facultades al presidente y garantizaba la hegemonía del Partido Baaz, convirtiendo a Siria en un Estado de partido único. 

Lo que sí experimentó ciertos cambios fue el ámbito económico6: se promovió una apertura controlada mediante incentivos a la inversión en zonas específicas, el desarrollo de proyectos urbanos, la expansión del acceso a internet y una serie de reformas destinadas a modernizar la imagen del país. Aún así, estas medidas no implicaron una verdadera transformación estructural, sino más bien una liberalización parcial sin modificar el régimen autoritario.  

En cuanto al trato hacia las diferentes minorías étnicas y religiosas, el régimen de Bashar al-Ásad benefició principalmente a la comunidad alauita7, a la que él mismo pertenece, y a la comunidad cristiana, ambas consideradas pilares de apoyo al gobierno. Curiosamente, estos dos grupos serían posteriormente los más perseguidos por el gobierno de Al-Golani89.   

Por otro lado, la mayoría suní, que representa más del 70% de la población siria, no fue objeto de una represión directa, pero sí estuvo notablemente subrepresentada en los principales cargos políticos, militares y administrativos del Estado, lo que generó tensiones latentes con el régimen que terminarían explotando en 2011.  

En el caso de la población kurda, el episodio más significativo de los primeros años de Bashar Al Ásad fue el levantamiento de Qamishli en 2004, reprimido con gran dureza por las fuerzas de seguridad. Posteriormente, el gobierno intentó apaciguar la situación mediante promesas de integración y concesión de derechos, aunque estas medidas nunca se concretaron plenamente. 

Finalmente, los drusos del sur de Siria mantuvieron una relación relativamente estable con el régimen, sin recibir privilegios ni sufrir persecuciones destacables. Su principal fuente de malestar estuvo vinculada a la cuestión irresuelta de los Altos del Golán y la continua tensión con Israel, que afectaba directamente a su región. 

En cuanto a la política exterior de Siria durante la primera década del gobierno de Bashar al-Ásad, puede observarse una clara continuidad con la línea trazada por su padre, Hafez al-Ásad. Su orientación se caracterizó por una marcada postura antiestadounidense y antiisraelí, que definió en gran medida sus vínculos regionales e internacionales. 

Aunque al inicio de su mandato Bashar intentó acercarse a ciertos países europeos y proyectar una imagen de modernización y diálogo, ese acercamiento se desvaneció tras la invasión de Irak en 2003 y el consecuente endurecimiento de las sanciones impuestas por Estados Unidos. A partir de entonces, Siria profundizó su aislamiento de Occidente y reforzó alianzas con actores que compartían su oposición a la política estadounidense en la región. 

Paralelamente, Damasco procuró mantener su influencia en la política interna del Líbano, respaldando a determinadas facciones y consolidando su presencia a través del control militar y de inteligencia. No obstante, este dominio se debilitó drásticamente tras el asesinato del primer ministro libanés Rafiq Hariri10 en 2005, hecho que provocó una fuerte presión internacional y la retirada de las tropas sirias del país. A pesar de ello, el régimen de Al-Ásad continuó apoyando a organizaciones como Hezbollah y Hamas, lo que no solo evidenció un acercamiento estratégico con Irán, sino también la intención de proyectar a Siria como un actor influyente en el tablero geopolítico regional, con capacidad de incidir en los conflictos del Líbano, Israel y Palestina.  

Por último, su férrea oposición al eje estadounidense condujo inevitablemente a un acercamiento con Rusia y China. En el caso ruso, se trató de una alianza de larga data, heredera de los vínculos establecidos durante la Guerra Fría, cuando Siria fue uno de los principales aliados soviéticos en Medio Oriente. Esta relación se reforzó durante el gobierno de Bashar al-Ásad, especialmente por la presencia de la base naval rusa en Tartus11, el único punto de apoyo militar de Moscú en el Mediterráneo, que hasta hoy constituye un elemento central en la política exterior siria.  

En cuanto a China, el vínculo se sustentó principalmente en la cooperación económica y diplomática, basada en intereses comunes como la no injerencia en asuntos internos y el rechazo a las políticas intervencionistas de Occidente. Los síntomas más claros de este estrecho vínculo fueron los reiterados vetos de China en el Consejo de Seguridad de la ONU a la hora de planificar una posible intervención militar luego de 201112 

 

Un elemento adicional que atravesó la política exterior siria en los años previos al estallido del conflicto fue la cuestión energética y, en particular, los proyectos de gasoductos destinados a conectar Medio Oriente con el mercado europeo. A mediados de la década de 2000, Qatar impulsó un proyecto de gasoducto que buscaba transportar gas natural hacia Europa a través de Arabia Saudita, Jordania, Siria y Turquía, con el objetivo de reducir la dependencia europea del gas ruso. Este plan contaba con el interés estratégico de Estados Unidos y de la Unión Europea, pero requería necesariamente la aprobación del gobierno sirio, dado el rol central de Siria como país de tránsito. 

En 2009, el gobierno de Bashar al-Ásad rechazó este proyecto, priorizando la preservación de su alianza con Rusia y evitando fortalecer a actores regionales como Qatar y Turquía. En su lugar, Damasco avanzó en 2011 en un acuerdo alternativo con Irán e Irak para la construcción de un gasoducto que conectara los yacimientos iraníes con el Mediterráneo. Sin embargo, el estallido de la Guerra Civil Siria impidió la concreción de ambos proyectos, transformando al territorio sirio en un espacio de disputa geopolítica donde los intereses energéticos se sumaron a las múltiples dimensiones políticas, sociales y estratégicas del conflicto. 

Gran parte de lo expuesto hasta el momento cambiaría drásticamente en 2011, con el estallido de la Guerra Civil Siria, en el marco de la Primavera Árabe. Las primeras manifestaciones, que surgieron de manera pacífica para reclamar reformas políticas y libertades civiles, fueron brutalmente reprimidas por el gobierno de Bashar al-Ásad, dejando centenares de muertos en las calles. Esta represión marcó un punto de no retorno: la oposición comenzó a organizarse militarmente y a atrincherarse en el norte del país, dando inicio a un proceso de fragmentación territorial que transformó profundamente a Siria. 

En ese contexto, el Estado sirio se dividió en múltiples zonas de control. Por un lado, la oposición armada, con una fuerte presencia en la ciudad de Alepo y otras zonas del norte; por otro, la región de Rojava, en el noreste, de mayoría kurda, que estableció una administración autónoma. A estas dos configuraciones se sumó la incursión de Al-Qaeda, ya activa en el vecino Irak, que aprovechó el caos para expandirse en territorio sirio. 

Además, el conflicto atrajo la intervención de potencias extranjeras: Estados Unidos estableció una zona de ocupación en el sureste, con el objetivo declarado de combatir al terrorismo y contener a Al-Qaeda, mientras que Turquía inició en 2016 una serie de operaciones militares en el norte, buscando frenar la consolidación de las milicias kurdas en su frontera. 

Con el paso de los años, el gobierno de Bashar al-Ásad logró recuperar amplias zonas del territorio sirio, gracias, en gran medida, al apoyo militar, logístico y diplomático de la Federación Rusa. Un ejemplo emblemático de esta recuperación fue la Batalla de Alepo, donde, tras años de combates que dejaron a la ciudad en ruinas, el régimen consiguió retomar el control total en 2016, recuperando así el principal centro logístico y estratégico de la oposición. Al mismo tiempo, Al-Qaeda perdió su último bastión en 2019, dejando de controlar territorio y transformándose en una organización descentralizada, activa sólo mediante células dispersas. 

Sin embargo, el país continuó profundamente fragmentado. Persistieron las zonas de ocupación turca en el norte y estadounidense en el sureste, además del territorio controlado por las milicias kurdas en Rojava y el remanente de grupos yihadistas concentrados en la provincia de Idlib. Es a partir de esta situación que se desencadenó la ofensiva de noviembre de 2024, que culminó con la caída del régimen de Al-Ásad. Las fuerzas insurgentes avanzaron rápidamente sobre las principales ciudades del país, prácticamente sin resistencia efectiva. Este colapso se explica, en gran medida, por las profundas debilidades estructurales de las Fuerzas Armadas Sirias, que durante años proyectaron una imagen de fortaleza, pero en realidad sufrían de desgaste, desorganización, deserciones y falta de recursos, factores que quedaron en evidencia durante los acontecimientos finales del conflicto. 

 

Siria en 2025 

Para comenzar el análisis de las políticas implementadas durante su gobierno, resulta pertinente hacerlo desde el plano individual, tal como se estableció en el marco teórico. En ese sentido, ¿quién es Al-Golani? 

Ahmed Hussein al-Sharaa, conocido como Abu Mohammad al-Golani, es hijo de una familia siria desplazada de los Altos del Golán, cuyos miembros fueron encarcelados por el régimen assadista por ser considerados opositores políticos. Nació en Arabia Saudita y, tras residir un tiempo en Siria, se trasladó a Irak en 2003 para unirse a Al-Qaeda en la lucha contra la invasión estadounidense, siendo capturado en varias ocasiones durante ese período. 

Con el estallido de la Guerra Civil Siria, Al-Golani fue designado para establecer la filial de Al-Qaeda en Siria, convirtiéndose así en líder del Frente al-Nusra y adquiriendo una creciente relevancia dentro del movimiento yihadista. No obstante, las diferencias internas con la dirigencia central de Al-Qaeda lo llevaron, en 2017, a romper con la organización y fundar Hay’at Tahrir al-Sham (HTS), con el objetivo de distanciarse de la agenda global del terrorismo y combatir al Estado Islámico, en un intento por reconfigurar su imagen ante la sociedad siria y la comunidad internacional13. 

Bajo esta nueva estructura, logró unificar diversos grupos armados y consolidar su control sobre amplias zonas del norte de Siria, derrotando a las milicias rivales y aumentando su prestigio y legitimidad local. A partir de ese momento, Al-Golani comenzó un proceso de transformación discursiva y política, pasando de presentarse como un líder yihadista a proyectar una imagen más pragmática y pluralista. En ese marco, llamó a la reconciliación con comunidades históricamente hostiles al islamismo radical, como los kurdos y los drusos, y moderó su retórica hacia Occidente, afirmando que no buscaba la confrontación directa, sino que simplemente rechazaba sus políticas en Medio Oriente. 

Finalmente, aprovechando su cercanía geográfica y estratégica con Turquía, y compartiendo con Ankara el objetivo común de derrocar al régimen de Al-Ásad, lanzó en noviembre de 2024 una ofensiva respaldada por apoyo logístico, económico y militar turco, que culminó con la caída definitiva del gobierno sirio. Tras la victoria, Al-Golani fue nombrado presidente del Gobierno Provisional Sirio, cargo que mantiene hasta la actualidad, consolidándose como la figura política dominante en la Siria post-asadista. 

Pasando ahora a la cuestión interna del nuevo gobierno sirio, puede observarse un intento evidente de marcar una ruptura con el régimen de Bashar al-Ásad. Sin embargo, esta aparente transformación presenta una continuidad estructural en términos de concentración del poder, solo que bajo un nuevo grupo dominante. Mientras que durante el régimen anterior los alauitas constituían la élite política y militar, en la actualidad son los suníes quienes parecen ocupar ese lugar privilegiado. Este fenómeno, aunque previsible por su condición de mayoría demográfica en el país, evidencia una subrepresentación de otras minorías étnicas y religiosas en las nuevas estructuras del poder estatal. 

Un ejemplo claro de ello se observa en las elecciones parlamentarias celebradas en 2025, donde de los 119 escaños, 107 fueron adjudicados a representantes suníes, mientras que solo 12 correspondieron a otras minorías. Además, el proceso no fue de sufragio directo, sino que se desarrolló a través de colegios electorales locales conformados por los distintos distritos bajo control gubernamental. Tampoco se realizaron comicios en las regiones fuera del control del gobierno provisional, particularmente las administradas por kurdos y drusos. Aun con estas limitaciones, la convocatoria electoral representa un síntoma de reactivación institucional y política, que podría interpretarse como un primer paso hacia un sistema más participativo en el largo plazo1415. 

En cuanto al trato hacia las minorías, el panorama continúa siendo complejo. Las comunidades alauita y cristiana, que durante el régimen de Al-Ásad gozaban de amplios privilegios, se han convertido hoy en las más perseguidas. Esta situación genera tensiones regionales y preocupaciones internacionales, especialmente ante la posibilidad de una nueva oleada de desplazados y refugiados. 

Por otro lado, la relación con los kurdos parecía haber mejorado significativamente: en los últimos meses de 2025 se alcanzó un alto el fuego que abría la puerta a una eventual negociación política y proceso de reconciliación16. Sin embargo, en enero de 2026 la situación cambió drásticamente. Primeramente se dio una ofensiva del gobierno sirio en los barrios kurdos de Alepo, evento que llevó a negociaciones con participación de funcionarios estadounidenses, históricos aliados de los kurdos sirios.  

Esta negociación supuso la retirada por parte de las SDF de algunas zonas cercanas al Río Eufrates, algo que podría enmarcarse dentro de los Acuerdos del 10 de Marzo. Aun así, esta retirada no ocurrió de forma ordenada: se reportó que tropas gubernamentales con el apoyo de jefes tribales fueron avanzando y tomando más ciudades de lo que se había pactado, generando la posterior caída de Raqqa y Deir ez Zor, ciudades de extrema relevancia que hace varios años eran controladas por las fuerzas kurdas.   

Es en este marco que Al Golani firmó un decreto que contemplaba la integración de instituciones civiles y del ejército kurdo al gobierno central, reduciendo notablemente la autonomía de la región y debilitando notablemente su margen de maniobra en la política nacional. De esta forma, parece ser que las SDF serán eventualmente absorbidas y los kurdos pasarán a ser un actor de segundo orden, controlando un territorio más limitado y con amplia influencia del gobierno de Damasco.  

En contraste, los drusos, que mantienen el control de una parte del sur del país, se encuentran en una posición expectante, con demandas de mayor autonomía y una creciente cercanía con Israel, lo que introduce un nuevo elemento de complejidad en la dinámica interna y regional del actual gobierno sirio. 

Lo que comenzó con tensiones locales evolucionó hacia un conflicto más amplio y complejo que combina disputas tribales, rivalidades sectarias y desafíos al control estatal. La insurgencia drusa se ha caracterizado por la formación de grupos armados de autodefensa drusos, divisiones internas sobre si cooperar o resistir frente al gobierno de transición, y varios episodios de violencia entre drusos, fuerzas gubernamentales y otras milicias armadas. 

En julio de 2025, los enfrentamientos en el sur de Siria se intensificaron cuando combates entre milicias drusas y grupos beduinos en Suwayda derivaron en una intervención militar del gobierno y ciclos de violencia sectaria con ejecuciones extrajudiciales y abusos contra civiles, desplazamientos masivos y la mediación de actores externos como Israel, que lanzó ataques aéreos alegando proteger a la comunidad drusa. Luego de varios altos el fuego y acuerdos temporales, persistieron las tensiones y las violaciones, lo que ha generado una crisis humanitaria con miles de muertos y desplazados. 

Por último, al analizar la reconfiguración de la política exterior siria, puede observarse un acercamiento significativo hacia Occidente, que marca un punto de inflexión respecto a la histórica orientación del país bajo el régimen de Al-Ásad. Este viraje se evidencia a través de distintos gestos diplomáticos y decisiones estratégicas recientes. Entre ellos, destaca la reunión entre Al-Golani y Donald Trump en mayo de este año, la retirada de cientos de tropas estadounidenses del territorio sirio, y el desmantelamiento o transferencia de bases militares a las Fuerzas Democráticas Sirias, acciones que reflejan una nueva dinámica de cooperación y confianza mutua17. 

En la misma línea, tanto Estados Unidos como el Reino Unido han decidido excluir a HTS de sus respectivas listas de organizaciones terroristas, lo que constituye un giro diplomático sustancial en comparación con la postura mantenida en años anteriores. Este cambio no solo implica un reconocimiento tácito del nuevo gobierno sirio, sino que también sugiere una posible normalización gradual de vínculos políticos y económicos con Occidente18. 

Asimismo, la Organización de las Naciones Unidas aprobó recientemente un levantamiento parcial de las sanciones internacionales impuestas a Siria. Este hecho es especialmente relevante, ya que refleja un consenso amplio dentro del Consejo de Seguridad, en el cual Rusia y China, aunque con abstención, no bloquearon la medida19 20. Adentrándonos en las relaciones con Rusia y China, ambos antiguos aliados estratégicos del régimen de Al-Ásad, puede observarse que los vínculos se mantienen en términos cordiales, aunque en un marco más pragmático y menos dependiente que en el pasado.  

Por un lado, China ha manifestado su interés en participar en la reconstrucción de Siria, ofreciendo recursos financieros y técnicos para proyectos de infraestructura, potenciados por la pertenencia del país a la Iniciativa de la Franja y la Ruta, lo que reforzaría su papel como socio económico clave en la región21. Por otro lado, Al-Golani se reunió recientemente con Vladimir Putin, en un encuentro celebrado hace apenas dos semanas, donde se ratificó la continuidad de los acuerdos bilaterales firmados durante el gobierno anterior. En particular, Al-Golani garantizó que la base naval de Tartus y la base aérea de Jmeimim seguirán bajo control ruso, respetando los compromisos previos en materia de defensa y cooperación estratégica22. 

Asimismo, ambas partes evaluaron la posibilidad de profundizar la cooperación militar y comercial en el futuro, lo que indica que, si bien los lazos no tendrán la intensidad de la era Al-Ásad, Rusia y China continuarán desempeñando un papel relevante en la política exterior siria, preservando una relación de conveniencia mutua y estabilidad regional. 

Los distintos países de Medio Oriente también desempeñan un papel fundamental en la actual reorientación de la política exterior siria. El actor más perjudicado en este nuevo escenario es, sin duda, Irán, que no solo perdió a un aliado clave dentro de su eje de resistencia frente a Occidente, sino también su principal corredor logístico hacia las organizaciones aliadas en Líbano y Palestina. 

En este contexto, se ha informado que diversos cargamentos con destino a Hezbollah han sido interceptados dentro del territorio sirio, lo que evidencia un quiebre profundo en la histórica cooperación entre Damasco y Teherán. Para Al-GolaniHezbollah representa un enemigo estratégico, dado su alto nivel de influencia en la frontera sirio-libanesa y su cercanía con el antiguo régimen. Esta postura confrontativa lo coloca en conflicto directo con Irán, pero al mismo tiempo genera una coincidencia táctica con Israel, que también considera a Hezbollah como su principal amenaza en la región23 24. 

Otros actores clave en Medio Oriente son los países del Golfo, con los cuales Al-Golani ha iniciado un proceso de acercamiento, marcando un cambio drástico respecto del régimen de Al-Ásad, que mantenía relaciones tensas o directamente hostiles con varios de ellos. Un ejemplo concreto de este giro diplomático fue la visita oficial de Al-Golani a Arabia Saudita en el mes de octubre, donde se abordaron mecanismos para fortalecer las relaciones bilaterales y se exploró la posibilidad de atraer inversiones saudíes destinadas a la reconstrucción y reactivación económica de Siria25. 

Por último, Turquía, país que brindó apoyo al HTS durante el régimen de Al-Ásad y desempeñó un papel decisivo en la caída del gobierno anterior, busca ahora consolidarse como el actor más influyente en el escenario sirio. Ambos gobiernos comparten objetivos estratégicos comunes, entre ellos la contención del movimiento kurdo y la lucha contra el terrorismo, reflejado en el mantenimiento de la zona de ocupación turca en el norte del país. En este marco, Turquía y Siria cuentan con un amplio margen para la cooperación, tanto en el ámbito político como en el económico, vislumbrándose una relación pragmática de mutuo beneficio que podría definir la nueva configuración regional en los próximos años26. 

Como bien hemos remarcado, el territorio de los Altos del Golán posee un gran valor simbólico no sólo para el país sino también para Al-Golani. De todas formas, en el actual contexto de profunda fragmentación política, social y territorial, la cuestión de los Altos del Golán difícilmente se consolide como una prioridad estratégica para Siria en el corto y mediano plazo. A pesar de su valor simbólico, histórico y geopolítico, el nuevo escenario interno sirio en 2025 está marcado por desafíos mucho más urgentes, como la reconstrucción material del país, la recomposición del tejido social, la persistencia de divisiones étnicas y religiosas, y la necesidad de consolidar un nuevo orden político tras más de una década de guerra y el colapso del régimen anterior. Estas condiciones limitan severamente la capacidad del Estado sirio de proyectar una política exterior confrontativa o de sostener reclamos territoriales activos frente a Israel. 

El ascenso de Al-Golani marcó un punto de quiebre en la historia reciente de Siria. Su liderazgo simboliza el paso de un régimen autoritario y cerrado hacia una etapa de pragmatismo político, aunque con claras continuidades en la concentración del poder y en las tensiones sectarias internas. Si bien el nuevo gobierno logró reinsertar parcialmente a Siria en el escenario internacional mediante el acercamiento a Occidente y a las monarquías del Golfo, las desigualdades internas y la fragilidad institucional siguen siendo sus principales desafíos. En este contexto, el futuro del país dependerá de la capacidad de Al-Golani para equilibrar la reconstrucción interna con la estabilidad regional y mantener un delicado margen de autonomía frente a las potencias que hoy influyen en su territorio. 

Esta dinámica interna se inscribe, a su vez, en un escenario internacional atravesado por una creciente disputa por la hegemonía global. La progresiva ampliación de la influencia china, basada en el pragmatismo económico y la no injerencia política, convive con una Rusia que, debilitada pero aún relevante, busca preservar sus vínculos históricos y su presencia estratégica en Siria como parte de su proyección global. Paralelamente, Estados Unidos ha reducido su involucramiento directo en Medio Oriente, priorizando una reorientación estratégica hacia el hemisferio occidental y el Indo-Pacífico, lo que ha dejado mayores márgenes de acción a actores regionales. En este nuevo mapa geopolítico, potencias medianas como Turquía, Israel y Arabia Saudita adquieren un protagonismo creciente, redefiniendo equilibrios y disputas en el Levante. Siria, lejos de ser un actor central en esta competencia, se configura como un espacio de convergencia y negociación entre intereses externos, donde el margen de maniobra del nuevo gobierno estará condicionado tanto por la reconstrucción interna como por la necesidad de adaptarse a un orden internacional cada vez más fragmentado y multipolar. 

 

 

Referencias bibliográficas 

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