ENTRE EL ÁGUILA Y EL DRAGÓN: EL PAPEL DE LATINOAMÉRICA EN LA RIVALIDAD ENTRE CHINA Y ESTADOS UNIDOS
ENTRE EL ÁGUILA Y EL DRAGÓN: EL PAPEL DE LATINOAMÉRICA EN LA RIVALIDAD ENTRE CHINA Y ESTADOS UNIDOS
Por Jéssica Regina Guerra de Souza
Resumen: Este artículo examina cómo la rivalidad geopolítica entre Estados Unidos y China reconfigura el entorno estratégico de América Latina, sin alterar automáticamente los patrones históricos de dependencia que estructuran su inserción internacional. Para ello, se retoma la trayectoria de la hegemonía estadounidense en América Latina y los efectos duraderos de la crisis de la deuda y el neoliberalismo, que consolidaron las asimetrías políticas, económicas y financieras en la región. A continuación, se analiza el ascenso de China como socio estratégico de la región, destacando tanto las oportunidades que abren sus inversiones, financiamientos y proyectos de infraestructura como los riesgos de reproducción de nuevas formas de dependencia, especialmente ante la reprimarización exportadora. La disputa contemporánea se examina a la luz de la creciente militarización de la política exterior de los Estados Unidos y la expansión pragmática de China, que abarca incluso a los gobiernos subnacionales latinoamericanos. Se argumenta que, aunque la competencia entre las potencias amplía los márgenes de maniobra, por sí sola no garantiza una mayor autonomía regional. Se concluye que el principal desafío latinoamericano para una inserción soberana sigue siendo la ausencia de un proyecto nacional y regional de desarrollo capaz de transformar la disputa hegemónica en oportunidades reales para superar la dependencia.
Palabras clave: Latinoamérica; Estados Unidos; China; Geopolítica; Dependencia
- INTRODUCCIÓN
En las primeras décadas del siglo XXI, América Latina volvió a ocupar un lugar central en las disputas geopolíticas internacionales, sobre todo debido a la creciente rivalidad entre Estados Unidos (EE. UU.) y China. Si, por un lado, el orden internacional posterior a la Guerra Fría se caracterizó por el predominio estadounidense, por otro, el auge económico, tecnológico y diplomático de China reconfiguró profundamente la distribución global del poder. En este contexto, América Latina, históricamente vinculada a los EE. UU. por relaciones de dependencia política, militar y financiera, se ha convertido en un espacio estratégico para ambos competidores, ya sea por la abundancia de recursos naturales esenciales para las cadenas tecnológicas contemporáneas, ya sea por los mercados potenciales y las alianzas diplomáticas en la disputa por la influencia global.
El acercamiento estadounidense a la región, intensificado principalmente a partir del segundo mandato de Donald Trump, se produce en paralelo a la rápida expansión de las relaciones económicas, financieras y de infraestructura de China con varios países latinoamericanos. Este movimiento reconfigura los términos de la dependencia en el continente, abriendo oportunidades para una mayor autonomía, pero también riesgos de una nueva subordinación, ahora bajo los moldes chinos.
En este contexto, este artículo busca responder a la siguiente pregunta: ¿en qué medida la rivalidad entre Estados Unidos y China ofrece oportunidades reales de autonomía para América Latina, y en qué medida solo redistribuye las formas de dependencia existentes? Para responder a estas preguntas, se parte de la hipótesis de que la disputa entre Estados Unidos y China reconfigura el entorno estratégico latinoamericano, ampliando las posibilidades, pero no necesariamente produciendo autonomía, ya que tal objetivo depende menos del cambio del polo hegemónico y más de la capacidad de la propia región para formular un proyecto nacional y regional de desarrollo que afronte las raíces estructurales de la dependencia.
Así pues, este artículo examina esta tensión a la luz de un análisis histórico, económico y geopolítico. Se retoma el papel de Estados Unidos como potencia dominante en el hemisferio, especialmente a partir de la aplicación de la Doctrina Monroe, su consolidación financiera a través del neoliberalismo y, más recientemente, su política exterior alineada con la agenda Make America Great Again (MAGA). A continuación, se analiza cómo la crisis de la deuda latinoamericana y la adopción de reformas neoliberales reforzaron las estructuras de dependencia. Por último, se explora el ascenso de China como socio estratégico de la región, evaluando si su actuación amplía el margen de maniobra latinoamericano o si inaugura una nueva forma de dependencia asimétrica. El objetivo es comprender los dilemas estructurales a los que se enfrenta América Latina en este nuevo escenario multipolar y reflexionar sobre las condiciones necesarias para una inserción internacional verdaderamente autónoma.
- EL “JARDÍN” AMERICANO: LA RELACIÓN HISTÓRICA DE DEPENDENCIA DE LATINOAMÉRICA CON LOS ESTADOS UNIDOS
Históricamente, la relación de los países latinoamericanos con los Estados Unidos se ha caracterizado por una dinámica de explotación. Existe un consenso casi unánime en la literatura sobre el tema en que gran parte de esta dinámica se debe a la aplicación de la Doctrina Monroe en la región. Esta fue inaugurada durante el gobierno de James Monroe (1817-1825) en diciembre de 1823, en un contexto marcado tanto por la culminación del proceso de independencia de las colonias latinoamericanas como por la existencia de las «modestas» fuerzas militares estadounidenses de la época. Su objetivo era extinguir la influencia europea en el continente, alegando que representaba un peligro para la paz y la seguridad estadounidenses.
En su revisión bibliográfica de la academia estadounidense sobre el tema, Teixeira (2014) presenta que es casi un sentido común que la doctrina tenía un carácter continental que acabó “justificando” la intervención estadounidense en los países latinoamericanos.
Esta interpretación sigue vigente en estudios más recientes, en los que los autores afirman que “a través de la Doctrina Monroe [Estados Unidos] reclamó la totalidad del hemisferio occidental como su provincia” (Heiss 2002, 519, énfasis mío) y, por lo tanto, el “derecho a intervenir en todo el hemisferio” (Lens 2003, 98). En un libro publicado en 2010, el autor afirma categóricamente que la idea central de la Doctrina Monroe era la conclusión de que Estados Unidos debía “controlar todo el hemisferio occidental y, en consecuencia, los nuevos Estados de América Latina” para garantizar su seguridad (Sexton 2010, 10, énfasis mío). (Teixeira 2014, 116)
Del mismo modo, el llamado Corolario Roosevelt, la derivación más famosa de la Doctrina Monroe lanzada en 1904 por el presidente republicano Theodore Roosevelt (1901-1909), también ha recibido el mismo tratamiento analítico.
Según la interpretación vigente, el Corolario Roosevelt de la Doctrina Monroe significaba que Estados Unidos reivindicaba el derecho a “intervenir en conflictos entre países americanos de América Central y del Sur con el fin de mantener la estabilidad económica y la democracia” (Murphy 2005, 6), y que Estados Unidos tomaría “medidas correctivas siempre que los países latinoamericanos no honraran sus deudas” (Gilderhus 2006, 10), actuando así como “policía exclusiva del hemisferio occidental” (Ricard 2006, 17). (Teixeira 2014, 116)
A pesar de lo anterior, el autor sostiene que este carácter continental, en realidad, tenía un aspecto más “caribeño”, con una intervención (especialmente militar) más explícita por parte de los estadounidenses en los países de América Central, mientras que los de América del Sur fueron objeto de un comportamiento más “multilateral”. Las razones de ello se deben tanto a la geografía como a factores políticos. Más concretamente, la relativa distancia que separaba a los países sudamericanos de los Estados Unidos dificultaba la proyección del poder de este país al sur del Canal de Panamá, sobre todo debido a la capacidad de la marina estadounidense en el siglo XIX, que era muy inferior a la del siglo XX (Teixeira 2014). En cuanto a los factores políticos, países relativamente estables y con más recursos de poder que los demás, como Argentina, Brasil y Chile, formaron un subsistema en la región, lo que llevó a Estados Unidos a desarrollar un enfoque de carácter multilateral para evitar los altos costos asociados a las intervenciones unilaterales (Teixeira 2014). La formación de políticas favorables a los estadounidenses fue otro aspecto que contribuyó a ello. Esta dinámica, por lo tanto, hacía que la aplicación de la doctrina en América del Sur fuera geográficamente difícil y políticamente innecesaria.
Por el contrario, Joseph S. Tulchin (2016) tiene una visión diferente sobre la influencia de la Doctrina Monroe en la formación de la dependencia de América Latina respecto a los Estados Unidos. Según él, la principal diferencia entre norteamericanos y latinoamericanos en cuestiones internacionales era la posición que ambos buscaban establecer. Mientras que las naciones latinoamericanas no buscaban territorios más allá de sus fronteras, lo que daba lugar a algunos conflictos de disputa, los Estados Unidos tenían un plan de expansión territorial por toda América del Norte, lo que hacía que la diplomacia y las políticas públicas fueran extremadamente relevantes para ese objetivo. Esto hace que Estados Unidos preste más atención a sus vecinos cercanos, pero no descarta la posibilidad de ejercer influencia en regiones más lejanas, aunque tengan menor importancia (Tulchin 2016).
De todos modos, ya sea gracias a la Doctrina Monroe o no, es un hecho que la influencia estadounidense en todo el continente se estableció fuertemente a lo largo del siglo XIX, de manera que dirigió las formulaciones políticas, las doctrinas de relaciones internacionales y las élites económicas en los países latinoamericanos. En la década de 1960, la política oficial de los Estados Unidos para América Latina consistía en promover la “ayuda” al desarrollo, que abarcaba desde la concesión de recursos hasta el apoyo a las grandes empresas estadounidenses presentes en la región. Furtado (1973) sostiene que la mayoría de los países latinoamericanos, especialmente aquellos con gobiernos alineados con Estados Unidos, integraron a las grandes empresas estadounidenses en sus políticas de industrialización, proporcionando protección y favores a las inversiones extranjeras que promovían el crecimiento de la producción.
Esta presencia dificultó que los países de América Latina superaran el subdesarrollo, ya que este exigía una acción política de carácter nacional. Para Furtado (1973), esto se justifica por dos razones: la influencia de Estados Unidos y la ausencia de un grupo empresarial nacional capaz de definir el rumbo de la política de desarrollo, lo que dejaba el poder en manos de la vieja clase política, que no estaba interesada en ningún tipo de cambio estructural. Sin una estrategia alineada con los intereses nacionales, no había forma de recorrer el camino hacia el desarrollo. Con la emergencia de la crisis financiera que asoló América Latina en las décadas de 1970 y 1980 y la posterior adopción del neoliberalismo en la década de 1990, ese camino fue abandonado definitivamente.
- La crisis de la deuda latinoamericana y el refuerzo de la dependencia
Desde el final de la Segunda Guerra Mundial, es correcto afirmar que Estados Unidos (EE. UU.) desempeña un papel hegemónico en el contexto mundial, respaldado por instituciones como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial, así como por el ejercicio de su dominio militar, político, financiero (a través del dólar) y cultural sobre varias naciones (Harvey 2004). El fin del sistema de Bretton Woods en 1971 sacudió la estabilidad hegemónica conquistada en 1945, inaugurando un período de crisis en el sistema internacional, que se vio agravado por las crisis del petróleo de 1973 y 1979. Además, esta situación se combinó con el aumento de la volatilidad del valor de las monedas, los precios de las materias primas, los inmuebles y las acciones, lo que generó inestabilidad y sucesivas crisis financieras seguidas de recesión en los países periféricos.
En el contexto interno de los Estados Unidos, este período se caracterizó por una inflación y un desempleo continuos, pero la elección de Ronald Reagan en 1981 trajo consigo cambios en los paradigmas económicos del país e inauguró la era del neoliberalismo, con la revocación de las prácticas keynesianas y la adopción de políticas que desregulaban la economía. Con el campo de la producción en declive, fue a través de las finanzas que Estados Unidos recuperó el control de los flujos de capital internacionales por parte de la Reserva Federal (Federal Reserve Board) y la preponderancia en la escena internacional. Sin embargo, para que este sistema funcionara eficazmente, era necesario obligar a los mercados, especialmente a los de capital, a abrirse al comercio internacional. Se trató de un proceso gradual que exigió una presión persistente por parte de Estados Unidos, respaldada por el uso de instrumentos internacionales, como el FMI, y un compromiso igualmente inflexible con el neoliberalismo como nueva ortodoxia económica (Harvey 2004).
La globalización financiera que siguió a esta lógica – es decir, la integración del sistema financiero de un país con los mercados e instituciones financieras mundiales mediante la liberalización de su mercado y la apertura de la cuenta financiera (Schmuckler 2004 apud Tzovenos 2016) – permitió a los países participar en esta integración manteniendo cierta autonomía en materia de política monetaria en comparación con el período de Bretton Woods, pero también los hizo más susceptibles a las crisis de liquidez y a posibles colapsos de los sistemas bancarios. En este escenario, en el que el capital financiero se convierte en el protagonista de la nueva fase de la hegemonía estadounidense, el capital especulativo pasa a tener el poder de disciplinar tanto los movimientos de la clase obrera (reduciendo los salarios, desorganizando los movimientos sindicales y precarizando las condiciones de trabajo) como las acciones de los Estados (Harvey 2004).
América Latina es un ejemplo de las consecuencias de la financiarización del capital, ya que las décadas de 1970 y 1980 estuvieron marcadas por sucesivas crisis y recesiones económicas en la región. Antes de la década de 1970, los países latinoamericanos debatían sobre el control (o no) de la explotación y el precio de las materias primas que exportaban. Como señalan Damien Millet y Éric Toussaint (2005 apud Seoane y Ferolla 2022), las dos principales manifestaciones de subordinación al mercado internacional en ese momento eran los intercambios desiguales y la degradación de los términos de intercambio. El exceso de crédito proporcionado por los bancos privados globales – influenciado por el crecimiento de la competencia interbancaria y por los impactos directos e indirectos de las crisis del petróleo – y la inestabilidad de los flujos financieros internacionales sentaron las bases para la crisis económica que se abatió sobre la región. Como consecuencia, la Tabla 1 muestra que, entre 1975 y 1980, la región triplicó su endeudamiento, tanto público como privado (en un 40 %), con el fin de cubrir sus déficits en la balanza de pagos.

Tabla 1 – Deuda externa total, países seleccionados de América Latina, 1975-1980. (En millones de dólares)
Fuente: Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Elaboración: Seoane y Ferolla (2022).
La decisión del gobierno estadounidense de Ronald Reagan de aumentar los tipos de interés, que alcanzarían los valores más altos desde 1929, como uno de los instrumentos para recuperar la hegemonía económica mundial, al atraer capitales a sus mercados financieros, es uno de los factores que profundizó la dependencia de los países latinoamericanos al aumentar sus deudas, que estaban vinculadas a tipos de interés internacionales fluctuantes. “El repentino aumento de los tipos de interés a escala mundial, sumado a los efectos de la segunda crisis del petróleo, provocó que los países desarrollados entraran en recesión, lo que perjudicó indirectamente a las exportaciones de los países en desarrollo” (Tzovenos 2016, 45). La fuerte caída de los precios internacionales de las materias primas, especialmente de los productos agrícolas, es otro factor determinante que perjudicó la capacidad de pago de la deuda de las economías latinoamericanas. “Así, la posibilidad de adquirir dólares mediante las exportaciones para hacer frente al vencimiento de las deudas se vio limitada, lo que llevó a muchos países a contraer más deuda” (Seoane y Ferolla 2022, 12).
Ante el deterioro del panorama externo, surgieron dudas sobre la sostenibilidad del ciclo crediticio, así como sobre la capacidad de América Latina para cumplir sus compromisos a medio y largo plazo. Cuando, en el segundo semestre de 1982, los bancos recortaron el crédito a la región, lo que imposibilitó la refinanciación de las deudas, la balanza de pagos de los países deudores se volvió insostenible y el patrón que se había venido aplicando colapsó. Ese mismo año, México declaró una moratoria, dejando al descubierto la fragilidad del sistema financiero internacional y del sistema bancario estadounidense.
La solución al endeudamiento latinoamericano se produjo mediante la renegociación de las deudas con el FMI y otros bancos privados, pero con la condición de que se aplicaran regímenes de austeridad, en aras de la organización del sistema financiero internacional (Tabla 2). Sin embargo, estos regímenes tuvieron un impacto sustancial en los países endeudados, ya que tuvieron que renunciar a sus modelos de desarrollo, comprimiendo la actividad económica al reducir drásticamente el volumen de importaciones e inversiones, lo que culminó en una reducción de la producción y el empleo. Además, la recaudación de impuestos se vio directamente afectada, ya que los ingresos del sector público disminuyeron.
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Tabla 2 – Periodización de la crisis de la deuda en América Latina.
Fuente: Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL). Elaboración: Tzovenos (2016).
Tanto para Tzovenos (2016) como para Seoane y Ferolla (2022), las reformas implementadas en las economías latinoamericanas durante este período contribuyeron a introducir un modelo neoliberal que se aplicó en la década de 1990, a través de las medidas que posteriormente se denominaron “Consenso de Washington”. Estas medidas – liberalización de precios de un solo golpe, privatización, liberalización del comercio exterior y los flujos de capital, estabilización mediante austeridad fiscal y monetaria, etc. – fueron responsables de promover la reducción del papel del Estado y la apertura de las fronteras comerciales de los países latinoamericanos, cambiando definitivamente el modelo de sustitución de importaciones por el de exportaciones como motor del crecimiento (Ibarra 2011).
Más profundamente, los efectos de estas políticas en las economías latinoamericanas van desde la reducción del crecimiento económico de estos países hasta el debilitamiento de la democracia (con el debilitamiento de las instituciones democráticas y la exclusión de grandes sectores de la población de las decisiones políticas) y el aumento de la desigualdad y la concentración de la renta (Ibarra 2011). Así, a pesar de prometer eficiencia, el neoliberalismo promovió una visión distorsionada de la historia y la realidad, justificando los problemas sociales y económicos como resultado de gestiones anteriores a su implementación y no del modelo en sí (Ibarra 2011). Estados Unidos, como principal propagador de las políticas neoliberales, se limitó a observar el colapso de las economías latinoamericanas, contribuyendo a agravar el desarrollo desigual, combinado con el proceso de acumulación de riqueza y poder. Esto creó un escenario perfecto para que otras potencias (como China) acudieran al “rescate” de la región.
- EL ASCENSO DE CHINA COMO SOCIO ESTRATÉGICO DE LA REGIÓN
Desde mediados del siglo XX, América Latina y China han tenido objetivos de política económica similares. Hasta la década de 1970, el enfoque común de China y la mayoría de los países latinoamericanos era transformar sus sociedades agrarias en sociedades industriales mediante una estrategia orientada hacia el interior, con protecciones a las importaciones y una gran intervención del gobierno en la economía (Gallagher 2016). La década de 1980 marcó el abandono de esta estrategia en favor de la integración de estas economías en el mercado global.
Sin embargo, a diferencia de las economías latinoamericanas, China decidió no aplicar las medidas del Consenso de Washington, sino liberalizar parte de su economía, al tiempo que fomentaba otros sectores hasta que pudieran competir a nivel mundial. Según Weber (2023), al comparar los resultados obtenidos en China y en Rusia – que se adhirió a la receta – se observa que la producción nacional rusa, en 1990, representaba cerca del 4 % del producto mundial y cayó al 2 % en 2017, mientras que China pasó del 2,2 % al 12,5 % del producto mundial.
El estancamiento inicial de la política económica china, sin embargo, se debió a la inflación resultante de la liberalización de los precios. Para resolverlo, los economistas y políticos chinos estudiaron las experiencias latinoamericanas, como el milagro económico brasileño (1968-1973) y el crecimiento económico de Chile bajo la dictadura de Augusto Pinochet (1973-1990), con el fin de encontrar formas de controlar la inflación (Weber 2023). En su informe al Gobierno chino durante su viaje de estudios a América Latina, Zhu Jiaming destacó que
La experiencia latinoamericana demostraría que el monetarismo antiinflacionario que podía funcionar en los países desarrollados no era adecuado para los países pobres, cuyo bajo nivel de desarrollo les impedía absorber fuertes recesiones económicas. La lección que se extraía de ello no era que la inflación no importara, sino que debía controlarse por otros medios distintos de la austeridad y la contención monetaria. (Weber 2023, 383)
Tras la reforma y la apertura económica de China, se inicia una fase que Gallagher denomina “boom de las materias primas” en las relaciones entre China y América Latina. Weber (2023) sostiene que uno de los objetivos centrales del viaje de estudios chino a América Latina era establecer relaciones con los países con el fin de facilitar la importación de materias primas, principalmente petróleo, ya que estas serían esenciales para la estrategia de desarrollo costero y para el esfuerzo de industrialización de China en general. Gracias a ello,
A medida que China ha crecido, ha consumido petróleo de Venezuela, Ecuador y México para abastecer su creciente flota de automóviles, camiones y buques portacontenedores. China ha abastecido con cobre de Chile y Perú más de la mitad de los productos electrónicos de consumo del mundo. Gran parte del acero de las nuevas ciudades chinas se fabrica con mineral de hierro de Brasil en su núcleo. Con el aumento del nivel de vida, los chinos consumen más carne de vacuno procedente de ganado alimentado con soja de Argentina y Brasil. A su vez, las empresas chinas se han dirigido a América para invertir en estas materias primas, con el apoyo de los bancos de desarrollo estatales de China. (Gallagher 2016, 7).
De este modo, entre los años 2003 y 2013, las economías latinoamericanas obtuvieron una tasa de crecimiento anual del 3,6 % y, por primera vez en un siglo, lograron reducir la creciente desigualdad que se había acumulado durante el período del Consenso de Washington (Gallagher 2016). Casualmente, este período de acercamiento chino a la región coincidió con el momento en que América Latina dejó de ser una prioridad para Washington, que centró su atención en otras regiones consideradas más estratégicas, como Oriente Medio, la guerra contra el terrorismo y la rivalidad con Rusia y China. A este respecto, Urdinez (2025, sección Usted sostiene que Estados Unidos “retrocedió” económicamente en la región. ¿Cuál es la mejor prueba de este declive?) argumenta que
Muchas empresas estadounidenses perdieron interés y el capital huyó, dejando espacio para que China llenara el vacío. Durante años, incluso sectores de la élite política de Washington vieron con buenos ojos el papel de China en la recuperación de economías en las que Estados Unidos estaba ausente, sin percibirlo como una amenaza. Esa visión comenzó a cambiar en 2016, cuando el ascenso de China pasó a interpretarse como un desafío geopolítico directo.
Con el avance de la administración de Xi Jinping, China no solo ha mostrado un progreso tecnológico superior al esperado por Estados Unidos, sino que también se ha establecido de manera más sólida en la escena internacional, formando vínculos económicos sólidos con una variedad considerable de países. Al mismo tiempo, se implementó la Iniciativa del Cinturón y Ruta de la Seda en 2013 y el Banco Asiático de Infraestructura en 2014, medidas que muchos en la administración Obama interpretaron como un intento de los chinos de reformular las normas de participación de la comunidad internacional (Paiva 2022). En este contexto, Donald Trump inicia una guerra comercial en 2017, combinando aumentos repentinos y sucesivos de los aranceles de importación de productos chinos con una campaña nacional e internacional contra las empresas tecnológicas chinas, en particular ZTE y Huawei, esta última propietaria de la cadena de equipos necesarios para la instalación de Internet 5G (Paiva 2022).
En su segundo mandato, que comenzó en 2025, se observa nuevamente una estrategia hostil del presidente estadounidense hacia China mediante aranceles y sanciones a los aliados chinos. En América Latina, el retorno de los dilemas de seguridad en el Pacífico es motivo de atención para los gobiernos. Sin embargo, en términos de balanza de pagos, desde el inicio de la guerra comercial, China predomina como principal socio comercial de la región, como se puede observar en la imagen 1 a continuación.
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Imagen 1 – Principal socio comercial de los países del mundo en 2018 (Importaciones)
Fuente/Elaboración: Merino, Bilmes y Barrenengoa (2024).
Para Urdinez (2025), gran parte de esto está influenciado por actores subnacionales y privados, como gobiernos provinciales, grandes conglomerados locales y élites económicas. Ejemplos de ello son el estado de São Paulo, en Brasil, que negoció la compra de vacunas directamente con laboratorios chinos durante la pandemia de Covid-19; y la construcción tanto del puerto de Chancay, en Perú – concebido a partir de un acuerdo empresarial antes de que hubiera participación estatal – como de las centrales hidroeléctricas en el río Santa Cruz, en la Patagonia argentina, que contaron con el apoyo del gobierno nacional en las negociaciones.
- ENTRE EL ÁGUILA Y EL DRAGÓN: ¿SUPERANDO LA DEPENDENCIA O SOLO CAMBIANDO DE HEGEMONÍA?
Los analistas de relaciones internacionales coinciden en que el nuevo centro del poder mundial se encuentra en Asia. Mientras Estados Unidos libra una batalla por recuperar el control global – para seguir cosechando los beneficios del orden liberal internacional –, China y Rusia se comportan de manera cada vez más independiente de la esfera de poder estadounidense. Según Paiva (2022), la condena por parte de los estadounidenses del multilateralismo y sus instituciones (ONU, OMC y OMS) ha puesto de manifiesto una fragilidad en la política exterior estadounidense que los chinos han sabido aprovechar muy bien al posicionarse a favor de este orden cooperativo.
El auge de mecanismos como el BRICS forma parte de esta estrategia, poniendo de manifiesto las deficiencias de la hegemonía estadounidense en el siglo XXI y actuando como un actor geopolítico relevante basado en el auge de China y Rusia, con el establecimiento de alianzas euroasiáticas con tendencias contrahegemónicas. De acuerdo con la visión de Urdinez (2025), la política de EE. UU. no ofrece alternativas, centrándose en sanciones y advertencias, mientras que los chinos son más ágiles a la hora de ofrecer ayuda a las economías emergentes (periféricas y semperiféricas). Además, la incorporación de países de Oriente Medio al BRICS en 2024 representa la inclusión de un lugar crucial en la contienda política y estratégica mundial, especialmente en el ámbito de la energía. Además, estas naciones (Arabia Saudí, Emiratos Árabes Unidos e Irán) desempeñan un papel central en la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). Siguiendo esta misma lógica, la incorporación de países africanos también contribuye a ampliar la representación del Sur Global, fortaleciendo el proceso de insurgencia tricontinental. En el contexto de América del Sur, es necesario reforzar la creación de un centro de poder que permita la participación autónoma o con mayor voz en un contexto multipolar (Merino, Bilmes y Barrenengoa 2024).
Gracias al avance comercial, financiero, tecnológico y de infraestructura de China en América Latina, la región ha adquirido una importancia innegable y se ha convertido en una cuestión de seguridad nacional para los estadounidenses. Según el secretario de Defensa de los Estados Unidos, Pete Hegseth (apud Queiroz 2025, sección La Doctrina Monroe renovada), “Washington recuperará su “jardín”, América Latina, de la influencia de Pekín”. Para ello, se observa la reanudación de las actividades militares en la región, una práctica muy similar a la que se llevó a cabo durante el Corolario Roosevelt. Un ejemplo de ello es el desplazamiento del portaaviones – y de miles de soldados a bordo – por el Caribe con el pretexto de combatir el narcoterrorismo en noviembre de 2025 (Queiroz 2025). En consonancia con ello, se llevan a cabo operaciones de sanciones, presión financiera, aislamiento diplomático y campañas de desinformación que deslegitiman a regímenes adversarios, como el de Venezuela.
América Latina se convierte en escenario de una situación muy similar a la de la Guerra Fría, pero ahora con un “enemigo” que también practica el capitalismo, aunque a su manera (China). Esta nueva disputa, según Urdinez (2025), no es ideológica, sino que se trata de una lucha por el dominio tecnológico y económico. Ante esto, surge la pregunta: ¿es América Latina capaz de superar el subdesarrollo y la dependencia de Estados Unidos? Además, ¿existe una estrategia alternativa para América Latina en contraste con la hegemonía de Estados Unidos?
La reciente perspectiva imperialista de los Estados Unidos basa su política exterior en el llamado “MAGA” (Make America Great Again), que cree en el debilitamiento del orden liberal y sus repercusiones nacionales e internacionales con el fin de mejorar las condiciones de confrontación con rivales estratégicos como China. Esta visión cree que el orden liberal es responsable del declive de la hegemonía estadounidense. Para revertir este escenario, esta política se basa en la implementación de una política de poder duro (poder militar) acompañada del uso preferencial de la amenaza y la coacción; la noción de que el sistema mundial está fragmentado entre los que tienen y los que no tienen (una especie de versión actualizada del concepto de división internacional del trabajo); y la exacerbación de los discursos y prescripciones ideológicas de la derecha radical (Romero et al. 2025).
Lo más importante para la política internacional del mundo MAGA es la valorización de los atributos duros del poder de EE. UU., que él coloca en el mismo saco: capacidad militar y dinero, justificando el uso abierto de métodos transaccionales y la defensa de la paz por imposición; una marca conflictiva en la gestión de la agenda del comercio exterior, normalmente acompañada de un menú de medidas proteccionistas; la estrecha asociación con la seguridad interna del país, para la cual es esencial demostrar capacidad de agresión contra amenazas internas que legitiman la criminalización de la migración; Expansionismo imperial, que inaugura agendas de conquista territorial; nacionalismo exaltado, que se ve reforzado por el nativismo ultramontano y el fundamentalismo religioso en cruzadas normativas contra la diversidad, la equidad y la inclusión (Romero et al. 2025, sección El mundo MAGA hacia afuera).
Las reacciones no sólo en América Latina, sino en todo el mundo, ante esta postura de Estados Unidos han sido la adopción de contramedidas y el fomento de alianzas bilaterales que buscan disminuir la dependencia de los países de la economía estadounidense (Romero et al., 2025). La imposición de sanciones y aranceles contribuye a la disminución del ritmo de crecimiento del comercio mundial y de las actividades económicas de estos países dependientes, además de incitar al aumento de la inflación y del dólar, reduciendo los flujos de capital internacional. A un nivel más profundo de efectos, esta práctica contribuye al agotamiento del multilateralismo regional, aumentando las asimetrías de poder entre Estados Unidos y los países de América Latina, además de multiplicar las fuentes de incertidumbre a escala global y regional (Romero et al 2025).
Sin embargo, irónicamente, la guerra comercial iniciada por Donald Trump contribuyó al acercamiento entre chinos y latinoamericanos, dada la demanda china de productos agrícolas de la región. Además, en términos de agenda global, las orientaciones defendidas por los chinos a favor del multilateralismo, la paz, la no intervención, la cooperación para el desarrollo y la lucha contra el cambio climático están en consonancia con pilares importantes de la política exterior de América Latina (Romero et al. 2025).
Además, la estrategia china para la región corresponde a un proceso sostenido y rápido con diferentes propuestas de grandes volúmenes de inversión en áreas estratégicas: tecnología, infraestructura (puertos, corredores biocánicos, puentes, carreteras, etc.), petróleo, gas, minería, metales, además de préstamos financieros. En este sentido, los proyectos de infraestructura desempeñan un papel cada vez más importante, ya que abarcan iniciativas de construcción de puertos, carreteras, ferrocarriles y corredores biocánicos. También están involucradas cuestiones energéticas, gasoductos y redes. En estos procesos, también aumenta la internacionalización de las empresas, no solo de construcción, sino también tecnológicas, científicas, energéticas, etc., de los bancos locales y de las monedas (Merino, Bilmes y Barrenengoa 2024). Del mismo modo, el intercambio de divisas entre los bancos centrales de países como Brasil y Argentina con China es otro hito de esta relación (Merino, Bilmes y Barrenengoa 2024).
Sin embargo, algunos analistas de relaciones internacionales señalan la creación de una posible dependencia china, cuya perspectiva de exportación de productos agrícolas por parte de América Latina e importación de productos industrializados de China es muy similar a la dinámica de explotación periférica observada en los siglos XIX y XX (Ribeiro 2024). Sin embargo, Claudio Katz (2023 apud Merino, Bilmes y Barrenengoa 2024) sostiene que el enfoque chino, a diferencia del estadounidense, no busca subordinar a los gobiernos latinoamericanos a sus reglas y hacerlo por la fuerza, sino captar las necesidades locales a partir de toda una batería de propuestas que componen su estrategia de enfoque, sin uso de fuerza militar ni presión política. El autor también sostiene que esta es la distinción fundamental que constituye el concepto mismo de imperialismo, ya que este implica el uso de la fuerza para la imposición en un territorio.
En resumen, aunque la influencia china en América Latina es significativamente diferente del modelo intervencionista de Estados Unidos – principalmente porque evita el uso directo de la fuerza y da preferencia a los medios económicos, diplomáticos y cooperativos –, esto no elimina la necesidad de que los países latinoamericanos desarrollen una mayor capacidad de acción. Las oportunidades que abre la competencia entre Estados Unidos y China pueden ampliar el margen de maniobra, atraer inversiones estratégicas y estimular la creación de alternativas al modelo convencional de dependencia financiera y tecnológica de Estados Unidos en la región. Sin embargo, sin una estrategia regional y nacional de desarrollo claramente establecida, coordinada y socialmente legitimada, estas oportunidades pueden convertirse en nuevas formas de vulnerabilidad y desigualdad.
Sin duda, la persistencia de la condición periférica de los países latinoamericanos es consecuencia de la profundización de los mecanismos de acumulación financiera de la década de 1990, junto con la dificultad interna de formular proyectos nacionales sólidos que puedan unificar los intereses de las clases internas en un Estado soberano, en favor de proyectos de progreso nacional (Ribeiro 2024). Por lo tanto, la dinámica de la dependencia está intrínsecamente ligada a un problema que no es solo económico, sino también político e interno.
Por lo tanto, tal como señalan Merino, Bilmes y Barrenengoa (2024), el principal desafío de América Latina no es sólo gestionar la creciente influencia china o resistir las presiones estadounidenses, sino superar la histórica incapacidad latinoamericana para formular una estrategia propia de inserción internacional. Mientras este proyecto siga pendiente, la región seguirá actuando de forma reactiva en la disputa entre las grandes potencias, en lugar de asumir un papel proactivo en la formación de un sistema internacional multipolar.
- CONSIDERACIONES FINALES
Este trabajo buscó debatir cómo la rivalidad entre Estados Unidos y China reconfigura profundamente el entorno estratégico que rodea a América Latina, pero no altera automáticamente los patrones históricos de dependencia que marcan la inserción internacional de la región. Aunque la presencia china en la región representa una alternativa real a la hegemonía estadounidense – especialmente al ofrecer financiación, inversiones en infraestructura y comercio en condiciones más favorables que las que tradicionalmente ofrecen las instituciones occidentales –, esto no implica, por sí solo, la superación de las asimetrías estructurales que limitan el desarrollo latinoamericano.
Por el contrario, los datos y las interpretaciones discutidos revelan que la disputa entre el águila y el dragón puede tanto abrir ventanas de oportunidad como reproducir lógicas históricas de especialización primaria-exportadora, desequilibrios tecnológicos y vulnerabilidades financieras. China presenta un estilo de compromiso distinto del modelo intervencionista de Estados Unidos, pero las diferencias de método no anulan el potencial de relaciones asimétricas. En este sentido, la disputa hegemónica global solo pone de manifiesto, de forma renovada, la urgencia de que los países latinoamericanos definan proyectos nacionales y regionales de desarrollo que trasciendan las respuestas reactivas a las agendas de las grandes potencias.
En última instancia, los retos fundamentales siguen siendo internos y estructurales: la ausencia de estrategias industriales propias, la limitada integración regional, las debilidades institucionales y la discontinuidad de las políticas públicas. Si no se abordan estos obstáculos, la región seguirá dependiendo de las interferencias externas, ya sean impulsadas por Estados Unidos o por China. Por lo tanto, la cuestión decisiva no es elegir entre Estados Unidos o China, sino construir capacidades internas de coordinación regional que permitan a América Latina actuar como sujeto, y no solo como objeto, en la transición hacia un orden internacional multipolar. Solo así será posible transformar las oportunidades externas en autonomía efectiva y desarrollo a largo plazo.
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