Domingo, 14 de Junio del 2026

El Mundial como Campo de Batalla: FIFA, Imperialismo y la Lucha por la Dignidad del Sur Global

El Mundial como Campo de Batalla: FIFA, Imperialismo y la Lucha por la Dignidad del Sur Global

Por: Prisni Delgado Martínez 

A diferencia de lo que muchos pueden llegar a pensar, la FIFA y la Geopolítica están más conectadas de lo que creen. Lejos de ser un mero espacio de sana competencia, la FIFA se ha consolidado como un escenario crucial de la lucha geopolítica contemporánea, un hiper-espacio multilateral donde las potencias y las nuevas élites capitales emergentes compiten por legitimidad, influencia y control global.Este tablero, que a menudo opera por encima de la ONU, refleja las profundas asimetrías del poder mundial, pero también abre grietas para que los pueblos del Sur Global, históricamente oprimidos, eleven su voz y su identidad, desafiando el orden internacional impuesto. 

Por un lado, tenemos a la ONU que actualmente cuenta con 193 Estados Miembros que forman parte de una representación formal del orden mundial establecido desde la Segunda Guerra Mundial.  En la Asamblea General, cada Estado Miembro ocupa un asiento (Organización de las Naciones Unidas, s.f.) y por más impactante que suene, la FIFA está conformada por federaciones que están en el centro del ecosistema global del fútbol, representando a 211 países y territorios en seis continentes. Estas federaciones miembro son responsables del desarrollo y la gobernanza del fútbol dentro de su territorio, incluyendo la organización de competiciones, el fomento de programas de base y la promoción del deporte en todos los niveles (FIFA, s.f.). 

Aquí puede surgir una pregunta clave para nosotros y es ¿por qué la FIFA tiene más miembros que la ONU? En resumen la ONU exige varios criterios para considerar a un Estado parte de sus miembros por ejemplo fronteras delimitadas y soberanas, reconocimiento internacional y aprobación del Consejo de Seguridad, por otro lado la FIFA tiene criterios más flexibles como el reconocimiento de otros miembros, independencia política y aprobación del congreso, no quiere decir que sea más "democrática" sino que su lógica es diferente, donde se necesitan mercados y no necesariamente estados soberanos.

A través de la diplomacia deportiva, la FIFA ofrece un vehículo de influencia más directo y efectivo que la ONU porque su alcance es transversal y emocional. Mientras la ONU opera bajo la burocracia, la política de bloques y las restricciones de soberanía, el fútbol moviliza pasiones masivas, permitiendo a los estados proyectar una imagen positiva y construir simpatía a nivel global sin las barreras de los conflictos ideológicos (Lang Hall, 2025). Por esto mismo para la FIFA Estados como Hong Kong o puerto rico tiene su propia bandera e himno aunque estos no sean considerados Estados 100% soberanos, esto permite crear una libertad e identidad dejando que tengan un espacio en donde por un momento su gente pueda gritar con libertad el nombre de su país aunque internacionalmente no se les reconozca.  

Esto es un claro ejemplo de que la ONU se está quedando atrás como un espacio de cooperación y diplomacia, dando paso al surgimiento de nuevos espacios de cooperación multilateral como es el caso de la FIFA, en este sentido es importante mencionar que en los últimos años se ha visto algo llamado sportswashing (blanqueamiento deportivo) es una estrategia en la que gobiernos, estados, empresas o individuos utilizan el deporte para limpiar su reputación pública, desviar la atención de escándalos, corrupción o violaciones a los derechos humanos, y mejorar su imagen a nivel internacional (como por ejemplo las monarquías petroleras que invierten millones para limpiar esa reputación y desviar la atención de su modelo de desarrollo y complicidad con las políticas de Estados Unidos en la región). Se lleva a cabo mediante diferentes tácticas y se apoya en la enorme popularidad y el impacto emocional del deporte. Consiste en Estados e inversores respaldados por gobiernos que adquieren clubes de fútbol históricos o en la creación de ligas locales altamente competitivas. Esto les otorga un vehículo de influencia directa en los mercados occidentales, mejorando su imagen pública y creando un vínculo emocional con aficionados globales. 

Por ejemplo, hay casos como Qatar que invirtió entre 220,000 y 300,000 millones de dólares para la Copa Mundial de la FIFA 2022, convirtiéndose así en la edición más cara de la historia. Por otro lado, se suelen hacer inversiones millonarias dirigidas a la creación de estadios, ligas o camisetas con el objetivo de relacionar el nombre de un país o corporación con valores positivos como la salud, la superación y el entretenimiento (Lang Hall, 2025). 

A través de estas estrategias, los Estados logran objetivos geopolíticos y comerciales en la escena internacional, por ejemplo: al organizar torneos como la Copa del Mundo permite a los países anfitriones mostrar al mundo su capacidad organizativa, su cultura y su modernidad. A su vez se ha visto un incremento del fútbol como medida de soft power, esto permite que los los países puedan influir, atraer y proyectar una imagen positiva a nivel global sin recurrir a la coerción, basándose en la diplomacia cultural, el deporte y la pasión de millones de aficionados. El fútbol mueve a millones de personas, mueve sueños pero también mueve percepciones. Y ahí es donde entra el verdadero juego: cómo un país puede aprovechar ese fenómeno para mejorar su imagen ante el mundo. 

Cada mundial, cada camiseta y cada sponsor representa un movimiento estratégico que va más allá de la cancha (Lang Hall, 2025). Tenemos el caso de Países como Ruanda que han utilizado el fútbol como vehículo para transformar su imagen internacional tras el genocidio de 1994, implementando la campaña "Visit Rwanda" en las camisetas de clubes élite europeos para atraer turismo e inversiones extranjeras. “Fly Emirates” en la del Real Madrid, “Etihad Airways” en la camiseta del Manchester City no son simples publicidades: son mensajes de poder, diplomacia y posicionamiento internacional. Son países que encontraron en el fútbol una forma de mostrarse al mundo, de limpiar su imagen o de ganar relevancia en el mapa global (Lang Hall, 2025).

Aquí también entra Qatar que lo entendió a la perfección. Su inversión en el Paris Saint-Germain y la organización del Mundial 2022 no fueron simples caprichos deportivos. Fueron parte de una estrategia pensada para reposicionar al país en la escena internacional. Fue una forma de decirle al mundo “miren, somos más que un país petrolero en el desierto; somos un actor global”. Y funcionó. Por un mes, el mundo entero habló de Qatar. Porque mientras las noticias políticas suelen dividir, el fútbol une. Lo vimos con la relación entre Argentina y Bangladesh a partir del Mundial 2022: miles de bangladesíes celebrando los goles de Messi, la bandera argentina en las calles de Daca (capital de Bangladesh), derivando en la reapertura de una embajada argentina. Ningún discurso diplomático hubiera logrado tal efecto tan rápido. Ese es el poder del fútbol. No solo apasiona: construye vínculos, proyecta imágenes y mueve sentimientos. Y en una época en la que todo compite por atención, emoción y reputación, el fútbol sigue siendo un idioma que todos entienden (Lang Hall, 2025).

Es importante hacer mención que para la selección de la o las sedes del Mundial de la FIFA se lleva a cabo un proceso en el que se escogen mediante una postulación oficial, donde los países candidatos presentan sus proyectos. La FIFA realiza inspecciones exhaustivas y el Consejo de la FIFA somete las candidaturas a votación. La selección final se basa en una combinación de factores técnicos, logísticos y políticos, se revisa la infraestructura y los estadios, los países que se postulan deben proponer una red de estadios; estos deben de tener una capacidad mínima para 40,000 espectadores y garantizar aeropuertos, carreteras y redes de transporte público capaces de movilizar a miles de aficionados. 

Además de que las sedes deben de contar con alojamiento y servicios médicos, se exige una alta disponibilidad de hoteles (de categoría cinco estrellas), suficientes hospitales, centros de entrenamiento y zonas de seguridad. Y por último, se da una votación del Consejo, los países miembros de la FIFA evalúan los informes técnicos de viabilidad y emiten su voto, a su vez la FIFA aplica criterios de rotación continental, lo que significa que no todas las confederaciones pueden postularse en cada ciclo. 

También para que un país sea elegido, debe firmar las infames "Garantías Gubernamentales" exigidas por la FIFA, es decir cesión de soberanía sin precedentes.  Estos documentos obligan a los Estados a declarar exenciones fiscales totales para el organismo y sus socios comerciales oficiales, a flexibilizar leyes de visados, e incluso a implementar tribunales de justicia express gestionados bajo las directrices de la FIFA. En la práctica, un país soberano acepta ceder temporalmente el control de su territorio y sus leyes a una entidad privada corporativa.

El fútbol pasó de ser un simple deporte a convertirse en el espacio donde los que muchas veces han sido oprimidos pueden tener un lugar para mostrarse al mundo, dar a conocer su cultura e identidad, pero no todo es felicidad, debido a la estructura de la FIFA de naturaleza privada y como un nuevo actor internacional que ejerce diplomacia no tradicional, se le ha vinculado a casos graves de corrupción, demostrando que el poder político se puede comprar y vender con más facilidad. Mientras que en el Consejo de Seguridad de la ONU solo 5 Estados tienen derecho a veto, en el Congreso de la FIFA opera el principio democrático de "un país, un voto". Esto significa que el voto de una isla caribeña o de una nación africana cuenta con el mismo valor que el voto de Alemania, Estados Unidos o Brasil.

A su vez observamos que la asignación de las sedes mundialistas (como las polémicas elecciones de Rusia 2018 y Qatar 2022) demostró que el voto de las federaciones periféricas se convirtió en una mercancía geopolítica. Gobiernos y comités de candidatura recurrieron a la creación de fondos de inversión, acuerdos comerciales bilaterales y maletines de dinero en efectivo para comprar los votos de los directivos. El escándalo del FIFA Gate en 2015 destapó que la asignación del torneo más importante del mundo no respondía a criterios deportivos ni de infraestructura, sino a una red transaccional donde los Estados utilizaban el dinero para adquirir legitimidad internacional.

Al mismo tiempo para mantener el control del poder, la cúpula de la FIFA ha utilizado históricamente programas de ayuda financiera (como el antiguo programa Goal o el actual Forward), que inyectan millones de dólares en federaciones de países en desarrollo. Aunque sobre el papel el dinero busca "crear canchas y fomentar el fútbol", la falta de auditorías estrictas ha permitido que dictadores locales, gobiernos autoritarios y dirigentes corruptos desvíen estos fondos para su enriquecimiento personal o para financiar campañas políticas locales. A cambio, estas federaciones garantizan su voto leal y perpetuo al presidente de la FIFA en turno, blindando a la organización contra cualquier intento de reforma externa.

A la par existe un mito muy grande alrededor de la Copa del Mundo, pues comúnmente se cree que albergar esta justa internacional se traduce en una derrama económica significativa para el país organizador. Sin embargo, los análisis financieros demuestran que, desde una perspectiva estrictamente económica, ser sede de un Mundial es casi siempre un negocio ruinoso para el Estado anfitrión. Mientras que la FIFA se asegura miles de millones de dólares libres de impuestos en concepto de derechos de televisión, boletaje y patrocinios comerciales, los países sedes asumen la totalidad de los costos de infraestructura, transporte y seguridad. Esta es una puerta de transferencia de riqueza del Sur Global hacía corporaciones del Norte. 

Como bien se menciona al inicio la FIFA exige requisitos grandes de capacidad y tecnología para los estadios. Gobiernos de todo el mundo han gastado fortunas públicas en construir o remodelar complejos deportivos colosales en ciudades que no tienen equipos locales capaces de llenarlos. Casos históricos como Manaos en Brasil 2014, Ciudad del Cabo en Sudáfrica 2010, o los multimillonarios estadios con aire acondicionado en el desierto de Qatar 2022 se convierten, tras el mes de competencia, en infraestructuras inútiles cuyo mantenimiento anual sigue desangrando el dinero de los contribuyentes.

Si los números financieros no cuadran, ¿por qué los países siguen compitiendo ferozmente por ser sedes? La respuesta es que el beneficio real no se deposita en los bancos, sino en la percepción global. El gasto masivo no se contempla como una "inversión económica", sino como un gasto publicitario estatal. Para potencias emergentes o regímenes autoritarios, el Mundial ofrece una ventana única de un mes para mostrar estadios relucientes, aeropuertos modernos y ciudades seguras, instalando una narrativa de desarrollo y modernidad en la mente de miles de millones de espectadores. El retorno de inversión es el soft power (poder blando): la capacidad de un país de ganarse la simpatía internacional y reformatear su imagen exterior, pasando de ser visto como una "autocracia cuestionable" o un "país inestable" a consolidarse como un actor global legítimo, moderno e influyente.

En este punto es importante mencionar que la relación de Estados Unidos con los organismos multilaterales tradicionales ha sido, históricamente, de un pragmatismo cínico. Washington no ha dudado en debilitar, ignorar o desacreditar a la ONU o a la Corte Penal Internacional cuando estas instituciones interfieren con sus intereses de política exterior o cuestionan sus intervenciones militares. Sin embargo, con la FIFA, la superpotencia norteamericana aplica una estrategia diametralmente opuesta: en lugar de apartarse, se introduce en el organismo para demostrar quién lidera y domina  oprime las estructuras del entretenimiento y el soft power global como acto de afirmación hegemonica.

Esta postura expone dos movimientos claves geopoliticos. En primer lugar tenemos que en 2015, el Departamento de Justicia de EE.UU. y el FBI provocaron el mayor terremoto en la historia del fútbol al arrestar a decenas de altos directivos de la FIFA en Zúrich. Aunque la narrativa oficial se presentó como una "cruzada global contra la corrupción", la lectura geopolítica subyacente fue un golpe de autoridad. Al utilizar el alcance extraterritorial de sus leyes de lavado de dinero (alegando el uso de bancos y servidores estadounidenses), EE.UU. envió un mensaje contundente al mundo: incluso en una organización privada que se cree intocable, Washington tiene el poder de decapitar a su cúpula si sus intereses son vulnerados (cabe recordar que el enfado estadounidense escaló tras perder la sede del Mundial 2022 frente a Qatar).

En segundo lugar, tenemos el caso de este mundial debido a la organización conjunta del Mundial de 2026 por parte de EE.UU., México y Canadá pone en evidencia cómo el gobierno estadounidense prioriza la FIFA para proyectar su hegemonía cultural, al mismo tiempo que dobla las reglas a su antojo. Mientras la retórica de la FIFA reza que "el fútbol une al mundo", las tensiones fronterizas y las estrictas políticas migratorias y de visado de la administración estadounidense chocan con la realidad del torneo.

El endurecimiento en los controles fronterizos provoca que delegaciones de países sancionados o bajo tensiones diplomáticas directas con Washington como Irán o Irak enfrenten interrogatorios exhaustivos, retrasos deliberados o denegaciones de visado para sus cuerpos técnicos. Al obligar a la FIFA a aceptar que se juegue bajo sus restricciones políticas de viaje y seguridad, EE.UU. demuestra que no necesita la legitimidad de la ONU para imponer su voluntad: le basta con controlar las llaves del evento más grande del planeta para recordarle al resto del mundo quién dicta, en última instancia, las reglas del juego global.

Es decir, para Estados Unidos, la FIFA no es un espacio de debate diplomático horizontal, sino un territorio de conquista cultural y judicial. Mientras boicotea o ignora el derecho internacional en los foros de la ONU, utiliza el escenario del fútbol para ejercer un sutil pero implacable ejercicio de opresión y control hegemónico, demostrando que su soberanía legal y política está por encima de cualquier federación internacional. Este enfoque es excelente porque muestra que mientras EE.UU. pone las reglas judiciales y ejerce opresión política, Medio Oriente (a través de corporaciones estatales como Saudi Aramco) pone los billetes para comprar la infraestructura de la FIFA.

Por último es importante mencionar que la mayoría de los patrocinadores de la FIFA son empresas de Medio Oriente, y mientras Estados Unidos ejerce su hegemonía a través del control judicial y la imposición de sus reglas de juego, el verdadero motor financiero que mantiene a flote a la FIFA y expande su imperio comercial proviene de una latitud geográfica muy distinta. En las últimas décadas, se ha consolidado un giro político radical: los principales inversores, patrocinadores y socios estratégicos de la FIFA y del fútbol de élite global pertenecen a los fondos soberanos y corporaciones estatales de Medio Oriente.

Este fenómeno no es una simple inversión comercial; es una estrategia de supervivencia y posicionamiento estatal a largo plazo que genera una profunda ironía en el tablero internacional. Debido a la presencia de corporaciones vinculadas directamente a las monarquías del Golfo Pérsico en la estructura de patrocinadores oficiales es abrumadora. Empresas como Qatar Airways, Emirates o, de manera masiva y reciente, Saudi Aramco (la petrolera estatal de Arabia Saudita, que firmó un megacontrato histórico como socio global de la FIFA) han desplazado a los tradicionales patrocinadores occidentales. Estos Estados no buscan el retorno económico inmediato; compran el derecho a asociar sus marcas con los valores positivos del deporte, diluyendo las críticas sobre sus sistemas políticos o derechos humanos.

Por otro lado existe una ironía geopolítica, ya que se genera una fascinante contradicción en el poder global, porque observamos que mientras Estados Unidos (Occidente) intenta moldear la FIFA a través de su aparato legal, judicial y de seguridad, las monarquías de Medio Oriente controlan el flujo económico. Convirtiendo esto en una posible "guerra fría" silenciosa por el control del relato. Occidente puede poner las normas de cumplimiento y las restricciones migratorias, pero no puede prescindir del dinero del Golfo para financiar la exorbitante maquinaria que exige un Mundial de Fútbol moderno. La FIFA se convierte así en un espacio donde el capital del petróleo compra la influencia que estos países no siempre consiguen por la vía diplomática en la ONU. 

Esta inyección de capitales ha reconfigurado el mapa del poder deportivo. No solo financian a la FIFA corporativa, sino que, mediante la compra de clubes europeos (como el PSG por Qatar, el Manchester City por Abu Dhabi o el Newcastle por Arabia Saudita) y la creación de ligas locales hipermillonarias, Medio Oriente ha logrado que la propia FIFA adapte sus calendarios a sus necesidades políticas y climáticas (como mover el Mundial a diciembre o diseñar la estructura para el inminente Mundial de Arabia Saudita). Al final, quien financia la fiesta tiene el poder de decidir la música que se baila.

Por eso el corazón financiero de la FIFA ya no late al ritmo de Occidente. El dinero de Medio Oriente ha demostrado que el poder duro del petróleo puede transformarse eficientemente en poder blando cultural. En este mercado de influencias, mientras unos intentan gobernar con leyes y opresión política, otros compran la infraestructura del entretenimiento global, dejando a la FIFA atrapada en medio de este gigantesco choque de capitales y soberanías.

 

Referencias

 

FIFA. (s. f.). Federaciones miembro de la FIFA. FIFA. https://inside.fifa.com/es/associations 

 

Organización de las Naciones Unidas. (s. f.). Estados miembros. Biblioteca Dag Hammarskjöld. https://research.un.org/es/unmembers/currentmembers

 

Lang Hall, M. (2025, 21 de octubre). Soft power y relaciones internacionales: El fútbol como estrategia de poder blando. Global Thought MX. https://www.globalthoughtmx.com/news-2/soft-power-y-relaciones-internacionales%3A-el-f%C3%BAtbol-como-estrategia-de-poder-blando

 

Organización de las Naciones Unidas. (1945). Carta de las Naciones Unidas. https://www.un.org/es/about-us/un-charter/full

 

Irwin, A. (2022). EXPLAINER: What is sportswashing and why should we care about it? Australian Human Rights Institute, The University of New South Wales. https://www.humanrights.unsw.edu.au/students/blogs/what-is-sportswashing 

 

Arbuniés, P. (2022, 22 de noviembre). Qatar: Invertir en escaparate deportivo para ganar talla geopolítica. Global Affairs and Strategic Studies, Universidad de Navarra.