Brasil y la soja: cómo la rivalidad EE.UU. - China redefine el comercio global
Un mundo en transformación, cambios para América Latina
A pesar de décadas de esfuerzos, políticas económicas e intentos de cooperación e integración, el desarrollo económico continúa siendo, a nivel nacional y regional, una tarea pendiente entre los gobiernos latinoamericanos.
No debe subestimarse cómo el proceso de transformación de una economía emergente a una plenamente avanzada depende, en buena medida, de lecturas acertadas sobre la dirección de la política global; solo de esta manera cada país puede orientar sus esfuerzos adecuadamente e implementar medidas que le permitan sacar el mayor provecho posible de sus ventajas comparativas, impulsando así la inserción nacional en la economía mundial en términos que resulten beneficiosos para el bienestar colectivo.
De este modo, en el marco de la coyuntura actual, el análisis de las disputas geopolíticas entre EE. UU. y China cobra suma importancia para la planificación y ejecución de cualquier política nacional, pues el peso e influencia de cada una en nuestra región resultan indiscutibles. A medida que los impasses en las relaciones sino-estadounidenses incrementan, los lazos que durante años han unido al comercio mundial se están viendo sujetos a transformaciones estructurales, generando oportunidades para que Latinoamérica pueda introducirse en nuevos mercados, con los beneficios y riesgos que ello conlleva.
Más concretamente, esto lo podemos constatar observando el caso de países como Brasil, cuyas ventajas en el campo de la producción agrícola, sumadas al contexto global reciente, le han servido para reforzar su posición en el mercado mundial de soja.
China: el mercado que mueve la soja mundial
China ha sido durante años, y por un amplio margen, el mayor importador de soja del planeta. En 2024, esta representó el 61,02% del total global; asimismo, informaciones preliminares sugieren que su volumen de importación creció aún más durante 2025, alcanzando máximos históricos. Estos datos son un reflejo de la creciente demanda de la industria alimentaria china, que se ve obligada a recurrir a importaciones dada la escasez de tierras arables disponibles para el cultivo de soja.
Gráfico 1 – Mayores importadores de soja (2024)
|
Rango |
Importador |
Valor de Importación (miles de USD) |
Participación de Mercado (%) |
|
1 |
China |
52.822.355 |
61,02 |
|
2 |
Argentina |
3.230.409 |
3,73 |
|
3 |
Egipto |
1.988.949 |
2,3 |
|
4 |
Tailandia |
1.942.833 |
2,24 |
|
5 |
Japón |
1.901.400 |
2,2 |
|
6 |
Alemania |
1.818.837 |
2,1 |
|
7 |
Turquía |
1.765.972 |
2,04 |
|
8 |
España |
1.660.426 |
1,92 |
|
9 |
México |
1.641.941 |
1,9 |
|
10 |
Indonesia |
1.402.582 |
1,62 |
Fuente: International Trade Centre (ITC)
De este modo, para productores y exportadores, la penetración y expansión en el mercado chino representan una cuestión esencial para el sostenimiento de sus operaciones, y la relación bilateral de cada exportador neto con China cobra una importancia particular en la configuración general del mercado global de soja.
La guerra comercial y el ascenso de Brasil
En 2016, con un contexto menos cargado de tensiones políticas y comerciales entre Pekín y Washington, los envíos de soja estadounidense llegaron a representar el 43,3% de las importaciones chinas. Tras el viraje proteccionista de EE.UU. en 2017 y la subsecuente guerra comercial entre ambas naciones, ese porcentaje descendió hasta el 26,9% en 2023, alcanzando mínimos de hasta 19,1% en 2018. Naturalmente, la escalada arancelaria entre las dos potencias permitió que otros productores ocuparan mayores cuotas en el mercado chino. Así, durante este mismo período, Brasil ha pasado de representar el 45% de las exportaciones a China en 2016, a alcanzar el 68,2% en 2023.
Gráfico 2 – Importaciones chinas de soja (2016 - 2023)
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Fuente: Observatorio de Complejidad Económica
Esta tendencia no ha hecho más que intensificarse en los últimos meses. La retaliación arancelaria china contra las tarifas impuestas por el presidente Donald Trump en 2025 llevó a una inédita interrupción de las importaciones de soja estadounidense. Entre mayo y finales de octubre, China no realizó ninguna compra de soja proveniente del país norteamericano, cerrando su mercado a los agricultores estadounidenses, grupo influyente en la política electoral de EE. UU., cuyas ganancias dependen significativamente de las ventas a China.
Durante el transcurso de este plazo, la ausencia absoluta de competidores estadounidenses permitió que las exportaciones brasileñas totales lograran superar ampliamente los volúmenes manejados en años anteriores. Así, para el cierre de octubre, los envíos de soja alcanzaron las 101.476.306 toneladas; un aumento significativo en relación con las 97.294.790 toneladas que se exportaron durante todo 2024.
Cabe destacar que tales niveles de rendimiento no pueden atribuirse exclusivamente a una coyuntura internacional propicia. A través de los años, Brasil se ha encargado de impulsar activamente la productividad y competitividad de su sector agroindustrial, así como el fortalecimiento de sus lazos comerciales con China. El cúmulo de acuerdos concretados y la reducción de barreras arancelarias elevaron los intercambios y la cooperación bilateral, contribuyendo a la consolidación de China como el principal destino de la soja brasileña.
De esta manera, entre 1999 y 2019, se firmaron un total de 181 acuerdos bilaterales, varios de los cuales abarcaron áreas de interés para la producción agrícola, como el comercio y la inversión, la infraestructura y el transporte.
Hoy, podemos ver el impacto de tal asociación en proyectos como el presentado por la empresa estatal china Cofco, que pretende invertir 285 millones de dólares para la construcción de un nuevo terminal de granos en el Puerto de São Paulo, triplicando su capacidad de embarque y facilitando las exportaciones a China.
Gráfico 3 – Exportaciones brasileñas de soja (2024 - 2025) (en toneladas)
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Fuente: Associação Nacional dos Exportadores de Cereais
Recientemente, e incluso tras una serie de acercamientos que se produjeron a finales de octubre del año pasado entre EE.UU. y China, por los cuales esta última se comprometió a reanudar las compras de soja estadounidense, ha prevalecido en los mercados un sentimiento de incertidumbre respecto a si este acuerdo podrá prevalecer ante el peso de las tensiones que plagan las relaciones políticas y diplomáticas entre las dos potencias . Por ello, aún si el sector agrícola norteamericano consigue reintroducirse en el mercado chino, es poco probable que, en el futuro cercano, la soja brasileña pierda relevancia y protagonismo en el mercado global.
Contrapartida: deforestación, vulnerabilidades y dependencia
La expansión de la producción agrícola y sojera en Brasil ha sido, en una importante medida, resultado de un largo proceso de deforestación que ha afectado gravemente los ecosistemas de amplias y trascendentales zonas verdes como el Amazonas o El Cerrado. Por ejemplo, este último, que representa el 20% del territorio nacional, ha perdido más de 40,5 millones de hectáreas de vegetación nativa entre 1985 y 2024, lo que equivale al 28 % de su cobertura original. De mantenerse semejante grado de explotación, se espera que los efectos sobre las especies vegetales y los recursos hídricos del país terminen comprometiendo la seguridad alimentaria y climática de Brasil y de todo el planeta. La tendencia se torna aún más preocupante tras la suspensión del acuerdo de Moratoria de la Soja, compromiso adoptado en 2006 entre el gobierno y las empresas del sector para limitar las actividades de tala, y desmontado en agosto de 2025 tras una solicitud de la Comisión de Agricultura de la Cámara de Diputados ante el Consejo Administrativo de Defensa Económica (CADE).
Volviendo al plano comercial, vale remarcar que el creciente proteccionismo entre las dos economías más grandes del mundo no puede entenderse únicamente como un cálculo económico, sino también como un esfuerzo estratégico subyacente que busca disminuir la interdependencia existente entre ambas; pues, al considerar a su contraparte como un rival irreconciliable, no existe la confianza necesaria para ignorar ciertas dependencias y vulnerabilidades propias en favor de la eficiencia y rentabilidad económica. Esto implica que, aunque el comercio, en principio, es lucrativo para las dos, puede dejarlas expuestas a acciones hostiles si sus intereses contrapuestos las llevaran a la confrontación.
En este caso en particular, la posibilidad de recurrir a un productor a gran escala como Brasil le ha permitido a China utilizar libremente la vulnerabilidad estadounidense en el mercado de soja, derivada de su dependencia del mercado chino, como herramienta de presión y negociación contra Washington, sin verse obligada a comprometer su propia seguridad alimentaria. Y a Brasil, por su parte, esta rivalidad geopolítica reminiscente de la Trampa de Tucídides le ha brindado una oportunidad valiosa para impulsar su crecimiento económico.
Igualmente, sin importar lo generoso que parezca el escenario actual, este acarrea ciertos riesgos para Brasil que, en aras de prevenir debacles futuras, no se deben ignorar. Hasta noviembre, el 80% de las exportaciones de soja realizadas durante 2025 fueron destinadas a China, lo que implica un alto grado de exposición al devenir político y económico del país asiático; al tratarse de una industria altamente dependiente de este mercado, una caída sustancial en la demanda china podría repercutir gravemente en el sector agrícola brasileño.
Asimismo, cabe preguntarse si la presencia de altos niveles de capital chino, o de cualquier otra nación con aspiraciones hegemónicas, dentro del aparato productivo brasileño acaso no podría afectar el desenvolvimiento de la política interna del país, o reforzar un status quo desfavorable por el que Brasil, como muchos otros en la región, se ven relegados dentro de las cadenas de suministro globales a la producción de materias primas relativamente baratas para los grandes centros industriales del mundo; estableciéndose, por una parte, formas de control o sugestión desde el extranjero sobre actores nacionales, erosionando así la soberanía, y por otra, impidiéndose el desarrollo de sectores productivos de mayor valor agregado en las economías nacionales y regionales.
De hecho, en años recientes, críticos han sugerido que la expansión agrícola brasileña ha estado marcada y guiada por una política fiscal regresiva, caracterizada por cuantiosas inversiones públicas en forma de créditos, subsidios y exenciones impositivas cuyos mayores beneficiarios han sido, desproporcionadamente, las grandes compañías multinacionales que operan en el país, en detrimento de las pequeñas y medianas empresas de origen doméstico, que se ven desventajadas en la pugna por el mercado. Por ejemplo, el censo nacional agrícola más reciente, realizado en 2017, contabilizó 237.118 establecimientos dedicados exclusivamente al cultivo de soja; de esta cifra, el 95% correspondía a productores medianos o agricultores familiares. Sin embargo, de los créditos operativos para actividades de agricultura y ganadería que se otorgaron entre 2013 y 2021, el 23% fue asignado a los grandes productores de soja, mientras que los productores medianos y agricultores familiares dedicados a este rubro percibieron solamente el 6% y 4%, respectivamente. De igual forma, solo el 8,4% de los recursos adquiridos por los productores gracias a estos apoyos fueron suministrados por proveedores domésticos, en contraste con el 91,6% dado por proveedores extranjeros.
Además, otras críticas advierten que líderes de este modelo, a través del cabildeo, han logrado incidir en la política económica y agrícola del país, encontrando apoyos y defensores en grupos de interés influyentes tales como el Frente Agrícola Parlamentario (FPA), perteneciente al Congreso Nacional.
En consecuencia, se argumenta que la consolidación de este sistema ha distorsionado las cuotas de mercado, excluyendo a grupos nacionales de los distintos segmentos de la cadena de producción de soja, sobre todo en aquellos intensivos en capital y, por tanto, de mayor valor agregado.
Gráfico 4 – Cuotas de mercado en la cadena de producción de soja brasileña por país (2020)
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Fuente: (Medina & Thomé, 2021, págs. 6 - 8)
Esta dinámica puede comprobarse al examinar estimaciones sobre la participación total de las empresas predominantes en cada uno de los sectores de la cadena de producción. Por ejemplo, estas indican que, para 2020, la multinacional alemana Bayer controlaba alrededor del 90% del mercado de transgénicos destinados a la siembra de soja; aspecto relevante al considerar que, según estos mismos datos, el 91,8% de la soja cultivada en el país era, precisamente, transgénica.
En relación con la producción de semillas, aún con la destacable participación de la empresa brasileña Tropical Melhoramento e Genética (TMG), el pago de regalías por el uso de transgénicos llevó a la cuota del capital nacional para la fecha a ubicarse solamente en un 8,7%.
Por otro lado, John Deere, CNH y AGCO, compañías con una alta participación en el mercado global de maquinaria agrícola, destacaron también por sus elevadas cuotas dentro de la cadena de producción de soja brasileña, representando conjuntamente el 99,6% de las ventas de tractores y el 100% de las ventas de cosechadoras. La presencia nacional en el sector estuvo limitada a los tractores pequeños fabricados por la compañía Agrale, utilizados de manera infrecuente en los cultivos de soja debido a sus tamaños, captando así el 0,4% del mercado de tractores.
En lo que respecta a los insumos necesarios para la elaboración de fertilizantes, el capital doméstico produjo el 8,7% de la materia prima empleada en 2020; más concretamente, el 17,5% del fósforo y el 0% del potasio.
Por su parte, el mercado de fabricación de fertilizantes mostró una participación nacional de 29,8%, con el Grupo Fertipar y Heringer destacándose como las compañías brasileñas más relevantes del sector. En contraposición, la multinacional noruega Yara lideró entre las empresas foráneas con una cuota del 25%.
En cuanto a la venta de pesticidas, el control del mercado estuvo repartido entre un amplio número de empresas, ninguna gozando de una ventaja abrumadora sobre las demás. Así, compañías como Syngenta/ChemChina, Bayer y BASF, encabezaron la lista con participaciones de 18,6%, 15,7% y 9,2%, respectivamente. No obstante, el porcentaje correspondiente al capital nacional estuvo limitado a un 5,8%, representado por grupos como Nortox, Ourofino y otros de menor escala.
Asimismo, en lo concerniente a las actividades de cosecha, contrario al patrón observado en los demás segmentos, la participación doméstica resultó ser mayoritaria. Del área total dedicada a la producción de soja en 2020, se estima que el 93,4% pertenecía a granjeros brasileños.
Durante aquel año, la comercialización de la soja brasileña en el mercado fue gestionada, principalmente, por multinacionales exportadoras de envergadura tales como Cargill, Bunge, ADM, Dreyfus y Cofco. Mientras tanto, el capital doméstico, representado por grupos como Amaggi, Coamo, Cutrale, Bianchini, Granol, Caramuru y Comigo, manejó una cuota de alrededor del 16,1%.
Finalmente, contrastar estos datos con cifras de años anteriores nos ayuda a comprender en profundidad no solo la composición empresarial de la cadena, sino también la evolución de la misma, permitiéndonos aproximarnos, cautelosamente, a los posibles efectos del modelo actual sobre la industria sojera del país. Entre 2015 y 2020, la participación doméstica en el segmento de las semillas pasó del 16,5% al 8,7%; en los fertilizantes, del 33,5% al 19,2%; en los pesticidas, del 4,3% al 5,8%; en la maquinaria, del 1,9% al 0,2%; y en la comercialización, del 30,7 % al 16,1%. En consecuencia, la cuota de las empresas nacionales en los sectores intensivos en tecnología y capital cayó del 12,5% al 7,1%.
Estos elementos ilustran cómo, incluso con todo su potencial exportador, el sector en su estado actual también presenta falencias notables. Por ello, con el fin de atender y contrarrestar estas vulnerabilidades, sería conveniente para Brasil corregir los sesgos y distorsiones en su política de ayudas que afectan el desempeño de las firmas domésticas respecto de las extranjeras; para lo cual, seguramente, será igualmente necesaria la adopción de medidas que penalicen y prevengan la coaptación de voluntades en la arena legislativa. Además, también sería de utilidad diversificar sus relaciones económicas, especialmente con socios no tradicionales con los que exista mayor paridad. Disminuir los niveles relativos de dependencia hacia las naciones que hoy son protagonistas de la crisis sistémica global, inclinadas a la expansión de su influencia política extraterritorial, puede suponer menores riesgos en cuanto a interferencia interna se refiere, fortaleciendo la autonomía de los involucrados en estas nuevas relaciones.
En este sentido, cabe mencionar a la región del sudeste asiático como un prospecto atractivo, tanto para Brasil como para el resto de América Latina, en lo que respecta a las relaciones Sur-Sur. Desde diciembre de 2022, Brasil es considerado por la Asociación de Naciones de Asia Sudoriental (ASEAN) como un Socio de Diálogo Sectorial, término con el cual el organismo tipifica a algunas de sus relaciones de cooperación más formalizadas. A lo largo del tiempo, con su modelo de integración, la ASEAN ha sido capaz de adquirir competitividad y experiencia en sectores con un valor agregado más avanzado dentro de las cadenas globales. Impulsar asociaciones con actores de este estilo, basadas en principios de reconocimiento y prosperidad mutua, puede contribuir al desarrollo del know-how y de ventajas comparativas dinámicas propias, tanto en suministros como en bienes finales, impulsando no solo la sofisticación tecnológica y productiva del agronegocio, sino también el desarrollo de industrias no primarias.
En concordancia, ambas partes se han comprometido a desarrollar programas y proyectos en áreas relevantes para el caso, tales como el comercio y la inversión; la resiliencia de las cadenas de suministro; desarrollo industrial, incluidas las micro, pequeñas y medianas empresas; manufacturas; ciencia, tecnología e innovación, entre otras. De igual forma, Estados miembros como Tailandia, Indonesia y Vietnam se posicionaron entre los principales destinos de exportación de la soja, harina de soja y demás productos agrícolas brasileños en 2025.
Lecciones para el continente
La magnitud de los negocios e inversiones que la agricultura brasileña es capaz de atraer permite constatar su importancia y potencial. Siempre que estos puedan resultar provechosos, es decir, que se den en términos que impulsen la productividad nacional, la transferencia de conocimientos y de tecnologías, en este y otros sectores de la economía, deben promoverse por el bienestar, ya sea de Brasil en este caso, o de cualquiera de las demás naciones sudamericanas en otras situaciones. Es fundamental que esta visión goce de prioridad frente a la creciente lógica de bloques geopolíticos, la cual invita a la alineación y parcialidad férreas, incluso en detrimento propio.
La política exterior latinoamericana debe guiarse por el pragmatismo y los resultados, no por dogmatismos ideológicos desfasados que se deben, no a los intereses de nuestras naciones, sino a los de grandes potencias en duelo por el poder global. Solo así se podrán idear e implementar políticas que realmente conduzcan al desarrollo de la región.
Referencias
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